Introducción

El Ascenso y Jímer narra una experiencia vivida por el mismo Jímer, en su fase final de adolescencia; cuando, sintiéndose un extranjero entre sus conocidos, decide exiliarse a la soledad. ¿Qué aprenderá? ¿Volverá siendo un hombre? ¿Verá lo que es, de verdad, la vida?

Este relato fue escrito entre los días 17 de Julio al 3 de Agosto del año 2007; salvo el último capítulo, escrito entre el 1 de septiembre de 2008 y el 5 de marzo de 2009.

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Capítulo 01

En las costas orientales, bajo las inmensas montañas rocosas, alejada de los peligros de la naturaleza; estaba situada la gran ciudad de Onabar, donde vivía un joven adolescente de esos tan odiosos, llamado Jímer.

Aparentemente, y bajo las opiniones de muchos de sus conocidos, Jímer era un joven un tanto peculiar. 

Generalmente, en las grandes urbes, el sueño de cualquier joven es convertirse en el deportista de élite del momento, en el cantante del que todas quieren darle su ropa interior, en el multimillonario coleccionista de coches de lujo. Todos desearían llegar a ese fin. Aunque, difícilmente, pocos podían conseguirlo, debido a la cultura del mínimo esfuerzo publicitada en los medios.

Jímer no era muy diferente a ellos; lo único, era que no paraba de pensar. Todo el mundo piensa, es evidente, pero Jímer siempre pensaba reiteradamente desde una perspectiva metafísica. Las personas, el contexto; todo debía tener un sentido, un motivo por el cual todo tenía un fin.

Consecuentemente, esta forma de pensamiento, lo alejaba de la espontaneidad de la que goza un adolescente normal. Independientemente de vuestra edad, estimados lectores, recordaréis vuestra adolescencia como una época turbia, en la que no queréis recordar ciertas injusticias o acciones irracionales de las que fuisteis partícipes. Puede que no, puede que fuese la mejor época de vuestras vidas.
Por tanto, podéis imaginar cómo era la vida de Jímer bajo estas circunstancias. La lentitud de reflejos y pensamiento era más castigada, aún si cabe, que la fealdad.

Como el entorno en el que se hallaba le era regresivo y cruel, solía refugiarse en sus fantasías. Fantasías las cuales no podrían llegar a cumplirse nunca, bajo ningún pretexto: rozaban la inimaginación.
Eran similares a los anuncios de perfumes; aunque en este caso, participaba alguien como Jímer.

Habitualmente, se solía mirar a sí mismo y a los demás, y entonces comprobaba lo triste que era su vida.
Nadie participa, ni tan siquiera conoce, una celebración que se celebre solo. Salvo algunas, de las que ya imagináis, aunque son permanentemente perseguidas.

Nadie en su sano juicio desearía ser Jímer ni nada que se le parezca.
¿Por qué él escogió ser así? Todos hemos nacido llorando y jaleando, pero Jímer no. Puede que ese sea el motivo, quien sabe.

Entre el repertorio de sus pensamientos, solía abundar el reproche:

“Estos estúpidos adultos, cuyos consejos no escasean, se consideraron rebeldes en su día. Pero al final, entendieron que la soledad era terrible; preferían, ante todo eso, tener a una mujer atada, una familia y a unos amigos; para así asegurar que no morirán solos. 
La gente es egoísta, al fin y al cabo, aunque ni eso: de sus bocas sólo salen palabras de los demás.”

Jímer seguía:
“¿Será porque se aburren estando solos?” 
“¿Será porque todos dicen que en la soledad no hay felicidad y por eso la evitan?”

Jímer estaba acostumbrado a la soledad, la cual no había llegado a él porque quiso. Al menos, es lo que él pensaba. 

Los reproches continuaban y continuaban; casi siempre en su mente. Ya que, si se lo decía a alguien, lo consideraba un inmaduro, alguien el cual no era capaz de ser feliz ni de comunicarse.
El orgullo, era su estandarte: "Imbéciles" Pensaba. 

“Me iré lejos de la ciudad donde nadie pueda modificar mis opiniones” Acabó pensando.

El odio irracional hacia él y los demás, le llevo a tomar esa decisión. Irse lejos de la ciudad, de la guarida humana.
Muy poca gente se aventuraba a ir más allá de las afueras de Onabar, lugar donde nada que se enseñaba en las escuelas era aplicable. La ciudad se había convertido en una burbuja, donde todo lo que uno necesita podía conseguirse instantáneamente. No había ni dolor, ni esfuerzo ni soledad. Valores que Jímer buscaba: necesitaba sentirse vivo.

Jímer se marchó con lo puesto. Salió por su puerta, bajó las escaleras, y se puso a andar hacia el norte.
No se despidió ni de nadie ni de nada. 
"No hace falta despedirse. Para ellos, fui una carga y un desecho. Espero que la vida les de una lección" Pensó.

A medida que Jímer avanzaba, veía como el escenario iba cambiado. Abandonó la acomodada zona residencial donde vivía, para pasar a las chabolas de las afueras. Lugar peligroso, sin duda, aunque eso era señal que cada vez se acercaba más a la naturaleza.
Supo que abandonó la ciudad cuando se dio cuenta que le costaba mucho avanzar por la espesa maleza. 
Decidió ir por las crestas de las montañas, donde había menor vegetación ,y por tanto era más sencillo avanzar.
No sólo era ese el motivo. Hizo muchas cimas y le llenaba mucho hacerlo, se sentía superior a la muchedumbre concentrada en las ciudades de baja latitud.

Además de eso, aprendió mucho de la naturaleza: se dio cuenta de que ésta no se preocupaba de cometer errores; es más, intentaba cometer los máximos posibles para hallar las soluciones en el menor tiempo posible, y así recudir las probabilidades de volver a cometerlos. Con ello se aseguraba de llegar con mayor rapidez a la perfección.

Los animales eran quienes le enseñaban cómo debía andar más rápido, sobrevivir por los desfiladeros más peligrosos y cómo alimentarse.

“Vaya, ahora es la naturaleza quien me influye: conseguí salir del rebaño de la sociedad humana, pero sigo perteneciendo al conjunto de la naturaleza” Pensó. A pesar de los esfuerzos físicos, no abandonó su faceta de observador trascendental.

Pasaron días y meses. Pocos recuerdos y pertenencias le quedaban a Jímer de la ciudad. Cada día era más bello que el anterior, pues a medida que se desplazaba, las vistas se volvían cada vez más caóticas y enriquecedoras.

Un día cualquiera, desde lo alto de una montaña, divisó lejos una de los montes más altos que jamás haya visto antes. Presentaba una forma parecida a la de una espiral, aunque tenía unas protuberancias que no seguían ninguna ley.
Intentó recordar sus libros de geología, pero aquello no se asemejaba a algo que pudiese ser posible en nuestro mundo.

Se trataba de un macizo rocoso lleno de frondosos bosques húmedos. El verde de los árboles era potente y luminoso.
Un lugar digno de admirar. 
Para cualquier artista hubiese sido la mayor inspiración de su vida.

Jímer no dudó. Se desafió a escalar ese monte. "Seguro que nadie antes lo ha logrado. Nadie ha aprendido tanto como yo. Seré recordado para siempre por ésto". Pensó, sin percatarse que a quienes quería que le recordasen, eran aquellos que él odiaba.

Llegar hasta la falda de la montaña ya fue una tarea muy difícil.

Jímer iba entre los árboles ya que no existían senderos por esa zona virgen. Al cabo de unos cien metros de haber entrado en el bosque, a su sorpresa, salió a un sendero que cruzaba el bosque.
"Me temo que no soy el primero en llegar aquí...". Pensó Jímer, ya que dicho camino era obra humana, aunque su uso se había abandonado, sin duda, desde hace muchos años.

A pesar de que no sería el primero de la historia en estar allí, no quiso abandonar la idea de subir la montaña; así que cogió el sendero y se puso dirección a ella.

Cuando llegó, encontró un lago: la desembocadura de un río que provenía de lo alto de la montaña. 
Bordeó el lago hasta llegar a la cascada de agua, donde buscó por allí un buen camino para empezar su ascenso. Veía que no sería tarea fácil, pues parecía ser que el contenido de esa agua había erosionado la roca de forma mucho más pronunciada de lo que es habitual, por lo que acabó dudando de la potabilidad de la misma.

Jímer estaba agotando, hambriento y sediento. Se sentó y prácticamente quedó desmayado.
No podía más. No podía más. Estaba tan seco que era cuestión de horas que acabase fulminado.

Finalmente, ya por inercia y actuando sin juicio, decidió beber de esas aguas que poco atractivas parecían a simple vista.

Jamás había sentido algo similar.

La agua bajaba por su esófago, estómago e intestinos para luego expandirse por todo su cuerpo, de forma que la sensación de ingravidez y felicidad ondeaban por él y por todo lo que le envolvía.

No podía parar de beber de ésta. La necesitaba.
“No me extraña que crezca dicha vegetación con esta agua. ¡Qué envidia me dan estos árboles que pueden estar bebiendo aquí por muchos años!”

Jímer estuvo allí muchos días, semanas, quizás meses…
La Agua era el único alimento que necesitaba.

Un bien día, pasado un tiempo y mientras Jímer bebía; escuchó una voz de un hombre entre la maleza.

Capítulo 02

“Mírate cómo has acabado”-dijo dicha voz

“¡Quien anda ahí!”-Dijo Jímer, buscando con la mirada entre los espesos árboles.

Entre la maleza apareció un hombre alto, como si de un ente errante se tratase. Aunque sus vestimentas no fuesen elegantes, su esencia transmitía seguridad y respeto. Parecía un hombre curtido, con muchas vivencias y experiencias en su espalda.
Continuó hablando:
“¿Acaso no eras Jímer? ¿Aquél que no quería depender de nada ni de nadie?"

“¿Cómo sabes mi nombre? ¿Quién es usted?” respondió Jímer

“Mi nombre es Ænair y te conozco bien, Jímer. Conozco tu historia, de dónde vienes y cómo has llegado hasta aquí. En qué redes has caído... ahora vives para la agua de este lago. Estas a su merced. Ellas decidirán tu futuro: por donde irás, qué elegirás y qué sentirás.”

Jímer quedó atónito. ¿Cómo ese hombre podía saber tanto de él? ¿Y si era un farsante? ¿Y si Jímer era víctima de una broma pesada y esas aguas no estaban allí por casualidad?
Decidió seguirle la corriente, por lo que le contestó:

“Es bien cierto…Me he convertido en lo que más detestaba en este mundo: un dependiente. Pero amo la agua de este lago y creo que, ahora, no sería capaz de despegarme jamás. No me imagino una vida sin ella.”

Ænair tomó una pose comprensiva y prosiguió:

“Te voy a contar mi historia, chico.
Hace tiempo vine aquí invitado por una amiga, la cual me dijo que había hecho un gran descubrimiento con estas aguas y que podrían ser la cura de innumerables males.
Pero pasado un tiempo, descubrí por mi mismo la auténtica naturaleza de la agua; me llevé una gran decepción, vi como jugaron conmigo, cómo quedé embriagado, cómo me mintieron...
Ahora temo que le hagan daño a ella, ya que es una persona a la que aprecio mucho.
...
Estas aguas traen enfermedad, chico".

Jímer vio en ese hombre a su padre, con sus innumerables discursos de lo que está bien y de lo que está mal.

“¡Mentira! Algo que te hace sentir tan bien, conforme con todo y feliz, nunca puede ser tan perverso como dices. Estoy seguro que estas aguas es el bien más preciado que existe en el planeta.
Quiero tenerlas, quiero poseerlas, las quiero con todo mi corazón. No quiero que nadie impuro pueda perturbar su increíble belleza. Quiero que me quieran, quiero que me posean, quiero que me quieran con todo su corazón. Desearía yuxtaponerme con ellas, ser uno y vivir eternamente junto éstas. Sin nadie más".

Ænair hizo una mueca y respondió:

"Chico... Yo sólo te digo que estas aguas no son trigo limpio... Sigue bebiendo; entonces, volverás a ver que todo cobra sentido de nuevo. Yo, no quiero saber nada más.".

Jímer bajó la cabeza.

Ænair siguió: "Bien. He hecho lo que he podido. Quizás es mejor que nunca sepas lo que verdaderamente son estas aguas, ni lo que han hecho..."

Jímer levantó la cabeza tras oír estas últimas palabras. Entonces habló:

"¿Qué es lo que sabes? ¿Quien más hay aquí; bebiendo de éstas aguas?"

Ænair respondió:

"Ya te he dicho todo. Estas aguas no son trigo limpio. Punto y pelota. No voy a seguir más por aquí. Si hay más 'como tú' es algo que desconozco"

Jímer insistió:

"Sé que lo sabes, sino no dirías que no son trigo limpio.
¿Por qué no me lo dices? ¿Por qué disfrutas viéndome sufrir?
Si me lo cuentas, me curarás de esta incertidumbre; el peor de los males, pero en cambio, prefieres que ésta persista".

 Ænair respondió:

"Estás yendo demasiado lejos, chaval. Entre tu chantaje emocional, y el dramatismo patético que le estas echando, dan ganas de darte un azote".

Jímer volvió a insistir:

"Por favor, necesito que me cuentes todo lo que sepas. Todo lo que esté en tu mano. ¿Dónde está tu amiga ahora? ¿Cuán conoce a estas aguas?"

Ænair, ya fatigado, respondió:

"Mira chico, no quiero hablar más de ello. Me temo que eres víctima de una tomadura de pelo. Probablemente ahora no tienes consciencia de lo perversas que son estas aguas. Puede que algún día lo descubras, si eres un poco más inteligente."

Dicho esto, Ænair dio unos pasos atrás y desapareció entre los árboles, tal y como se había presentado.

Jímer corrió hasta donde estaba Ænair, buscando entre la maleza para ver si podía localizarle.
No hubo suerte.

Jímer estaba muy perdido, liado, no sabía bien en qué pensar. En cómo enfocar todo aquello.
Miró hacia arriba, hacia la cima, y se preguntó cuál sería la fuente de las aguas. Qué origen podía tener esa sustancia de la que se había enamorado locamente.

Sabía que si empezaba su ascenso, ya no habría vuelta atrás, pues las aguas acabarían reemplazando todo aquello que Jímer era.
Demasiada incertidumbre, demasiado enamoramiento, demasiado ebrio... Jímer no pudo evitar empezar con su ascenso.

Capítulo 03

Empezado su ascenso, Jímer veía que no sería tarea fácil lograr terminarlo. Las condiciones le eran muy desfavorables: a la fuerte contracorriente que había que vencer, se le sumaba lo escurridiza que era la roca húmeda por la que avanzaba. Aun así, estar junto a la agua le ayudaba enormemente.
La balanza se inclinaba a su favor:
"Enorme debe ser el premio que me encontraré si tantas complicaciones hay." Pensaba.

Aunque no todo era ir contracorriente: de vez en cuando, de las crestas empinadas, se pasaba a las llanuras; donde la agua jugueteaba con la tierra formando numerosos meandros.
Esa era la forma en la que Jímer disfrutaba más del agua: cuanto más espacio abarca, mayor plenitud le hacía sentir.
Un buen día, descansando en una de esos lugares, la agua empezó a cambiar de tonos: del maravilloso azul grisáceo a un morado juguetón.

La incredulidad le superó a Jímer, que veía que su razón de existencia estaba transformándose: "¿Por qué siempre lo que uno ama acaba cambiando?" Pensó.

Entonces Jímer pudo ver como algo bajaba por el río:
Una esfera inchable decorada con una multitud de colores navegaba a través de los meandros. Cuando estuvo más cerca, Jímer pudo observar que había alguien encima de ésta, andando al unísono con la esfera y guiándola según su antojo, con dirección directa a Jímer.

Al estar a pocos metros, Jímer vio que era una especie de muchacha quien estaba allí subida. Con una sonrisa que le iba de oreja a oreja, riéndose de todo lo que había a su alrededor, se dirigió a Jímer:

"Buenas tardes, Alejandro. ¿Dónde está el té que te pedí que me trajera?"

Jímer, perpejo, le preguntó:

"¿Quien diablos es usted? ... ¡¿Qué ha sido de las aguas preciosas de las que antes disfrutaba?!” Dijo Jímer enfadado, desafiándola.

La muchacha volvió a preguntar:

"No te veo muy de humor hoy. ¿Con qué pie te has levantado? ... Cielo, ¿no te quedarán de esas piruletas en forma de corazón?"

Jímer se percató de la poca lucidez de la que tenía la muchacha. ¿Podría verle a él? Quiso comprobarlo:

"Mire señora, yo no soy el Alejandro del que pregunta. ¿Acaso usted es ciega y no me reconoce? ¿O ni siquiera sabe diferenciar las diferentes voces de las personas?"

La muchacha le dio la espalda a Jímer y murmulló:

"Maldito mentiroso, canalla..."

Jímer gritó:

"¡Mire...! ¡Usted ha venido aquí sin previo aviso y lo que más amaba ha desaparecido! ¡No sólo me ha retrasado en mi ascenso sino que quizás me ha hecho perder el significado de mi existencia!"

La muchacha se volvió a girar pero con una expresión más seria, y dijo:

"En ningun caso le falte al respeto, sólo dije mentiroso...al aire. Que usted lo haya malinterpretado no quiere decir nada, joven duque. Ahora si me dispensan sus majestades, tengo que ajustar el relog de palacio a su hora indicada"

Jímer, sin paciencia:

"¿Es que acaso me está tomando el pelo? ¿No puede responderme de quien es usted?"

La muchacha respondió finalmente:

"Mire, Alejandro, si no lo recuerda yo soy Amalia, el alma gemela de la agua. ¿A que no lo recordaba, Alejandro? ¡Si hasta tenemos los mismos peluches en la cama! Seguro que no se había percatado..."

De golpe, Amalia gritó sin dejar responder a Jímer:

" TAAAN!! Acaba de ganar un bonus!! Puede hacerme tantas preguntas como quiera durante los próximos 5 minutos que yo seré sincera al cien por cien!!"

Jímer, recobrándose del susto, le acabó preguntando:

"Veo por tanto que no ha sido sincera hasta ahora... Bien... ¿Dónde están las aguas de las que gozaba antes de que usted apareciese?"

Amalia respondió:

"Alejandro, por Dios. ¿Acaso no sabe que las aguas y yo somos hermanas? ... ¿O gemelas? ¿O que son yo? En qualquier caso, hace tiempo que no sé de nada de ellas... ¡Espere! ¡A esa pregunta le he respondido antes! ¿Es que ha perdido el sentido del oído, soldado?"

Jímer quedó sin habla, a lo que Amalia siguió, cambiando al tono chistoso inicial:

“Haha... Aún te queda mucho por aprender de nosotras” Pegó un salto y se situó a menos de un metro de Jímer.

Amalia se inclinó hacia delante y dijo: “No sé si nos gustarás, quieres tener todo bajo tu control y nunca te dejas llevar por el destino. Todos los seres humanos desean eso y por eso son infelices; yo y estas aguas nos dejamos llevar por el viento y encontramos la felicidad en todo. Incluso, si fuéramos humanas, encontraríamos la gracia de vivir debajo de un puente”.

Jímer siguió pasmado y finalmente pudo decir:
"¿De dónde vienen? ¿Por qué todo esto?"

Amalia rió y rió; y respondió:

“Pues verá joven marino, yo quiero entrar en un circo pero a mi edad ya nadie me coge…y qué remedio me quedó que pertenecer a estas aguas. Las aguas y yo vamos de lugar en lugar predicando la extrañeza y todos ven cómo no nos da vergüenza ser tal y como somos. Eso hace que ellos también se vuelvan libres y 'frikis' como nosotras. Jo…¡cómo adoro a los 'frikis'!”

Jímer, al final, acabó encantándose por esa muchacha. O esas aguas, como preferís decirle.
A medida que pasaba más tiempo con ella, más embriagadora se volvía: A pesar de que en un principio le asustase su rareza, acabó enamorándose precisamente de ésta.

Jímer dijo:

"Verá, Señora, creo que me gustaría acompañarla en su viaje. Parece que no me cansaría nunca de usted, pero me he hecho un juramento, que es encontrarme con el origen de la agua. Y quizá, con el origen suyo."

Con eso, Jímer se volvió y miró hacia la cima, hacia su objetivo.
Amalia saltó de nuevo a su esfera, y tapándose la boca con la mano sin que Jímer pudiera ver su sonrisa, dijo:
“Se libre hijo mío, ve donde las brisas veraniegas te lleven, donde las aguas torrenciales te empujen, donde las ramas de los árboles te aparten....fiuuuu”

Cuando Jímer volvió a bajar la vista, Amalia había desaparecido. Con ello, las aguas volvieron a recuperar su estado anterior; aunque, su esencia había desaparecido significativamente.

Jímer entristeció, pues la presencia de Amalia le había causado apego. Volvió a mirar primero hacia la cima, y mirando luego hacia frente, empezó de nuevo su marcha.
Ya conocía un poco más de la agua: la fluidez de su pensamiento le hacía parecer un ser instintivo. 
Si Jímer quería conquistarla, debía alejarse de la profundidad de su propio pensamiento, que era como un pozo del cual cualquier agua quiere escapar.

Capítulo 04

Las jornadas cada vez se hacían más largas. Jímer sentía impaciencia por conocer qué le deparaba la cima. Qué era la meta de todos sus sueños. Sus pensamientos, cada vez le atormentaban más, recordando las últimas palabras de Amalia y Ænair, de cuán apego y dependencia sentía por todo aquello que le rodeaba.
“Ciertamente tienen razón, dependo de demasiadas cosas”
Definitivamente, Jímer se sentía muy humillado: no soportaba que le dijeran que vivía dependiendo de alguna cosa. Pero sabía que tenían razón y él poco podía contestarles.

A veces, la línea que separa la obsesión y el odio es muy frágil:
“Yo quizás sea una persona que dependo de la agua. Pero ¿qué hay de ellos? ¿Acaso ellos no viven dependiendo de factores externos? Me dicen que soy un ser pequeño e inmaduro porque vivo por la agua. Seguro que ellos también deben vivir por algo.
¿Acaso Ænair no sufriría tanto como yo cuando le quitasen de su bebida?
Ya me imagino como se le quitarían esos aires de superior si su familia muriese”
“Quizás yo dependo de la agua, pero él, como ya me dijo, depende de las acciones de los demás. Si yo soy esclavo de la agua, él de los demás; y éstos pueden hacer lo que quieran con él.”
La agua por donde voy también es esclava de la montaña por la que baja. Si la montaña hubiera decidido tener éste valle más hacia la derecha, la agua también hubiera ido por la derecha, ella no puede ir por donde ella quiera, siempre depende del lugar de donde esté.”

Gracias a estas justificaciones, Jímer podía seguir. Al final, quería encontrar la normalidad en todo lo que estaba haciendo.

Capítulo 05


“¿Qué está pasando?” 

Jímer calculó que se encontraba a mitad de su ascenso; pero, algo escalofriante comenzó a suceder. La agua que sentía en el ombligo desapareció, después la de su cintura, la de sus rodillas, siguiendo por la de sus tobillos... Así siguió la agua, hasta que no quedó ni una sola gota que bajara por el río. 
Jímer desesperó. “¿Qué voy a hacer ahora?” Pensaba, al ver, que su razón de existencia, se había desvanecido. Los segundos se volvieron minutos, horas, días... Un instante sin la agua ya fue una auténtica eternidad.
Cuando finalmente Jímer levantó la cabeza, pudo divisar lejos a un hombrecito o algo similar. Jímer estaba seguro que tendría la respuesta a todo lo que acababa de suceder, pues, fue corriendo hasta él.

Al encontrarse cara a cara con dicho 'ser' le preguntó sin mirar:
“Eh, ¿sabes dónde ha ido a parar toda la agua que bajaba por aquí cerca?”
Se trataba de un humanoide de poca estatura, sentado en una roca, mirando hacia nada. Su cuerpo, totalmente rojo, llamaba la atención de lejos. Con sus ojos amarillos del tamaño de un puño miró a Jímer; y un poco por encima de su barbilla apareció una boca que pronunció lo siguiente con tono melodramático:

“Finalmente, las aguas han decidido no pertenecer a la montaña y han evolucionado. Su cometido aquí ya ha terminado. Ahora ya no pertenecen a este mundo”
Jímer desesperó al oír tal noticia que pegó un grito.
El joven hombrecito rió de forma burlona, regodeándose del sufrimiento de Jímer, y siguió con su mismo tono:
La agua es un ser libre. Además, su voluntad de poder la sitúa por encima de todos nosotros.
Ella quiere a todos por igual. Tú la quieres toda para ti y ella no pertenece a nadie en particular”

Jímer volvió a desesperar una vez más y de forma más acentuada. Entre sollozos, pudo decirle a dicho ser:
“Yo amo a esta agua y la necesito. ¿Usted cree que la agua podría darme otra oportunidad? Estoy seguro que yo sería capaz de hacerme merecer por tales aguas. Todavía no he demostrado todo lo de lo que soy capaz.”

El hombrecito, cuya sonrisa había ido en aumento, le contestó: 
“Lo siento, pero las cosas son así. La agua no va a sentir amor por uno solo” 
Y con esto, el hombrecito se desvaneció como si de un gnomo se tratase.

El aspecto de Jímer se parecía más a la de un muerto viviente que a la de una persona. 
¿Qué iba a hacer ahora?

No podía vivir sin la agua, así que pensó que no tenía otro remedio que buscarla para hacerle ver que podía amarle a él todo lo que él la amaba.
Jímer empezó a sumergirse en sus pensamientos, buscando la respuesta a la única pregunta que tenía.

Finalmente, encontró dentro de sí un pensamiento del que se armaría de capa y espada.
Un razonamiento que, según él, atraería a la agua como si él mismo fuese una esponja.

Capítulo 06

Imagínense, la dificultad a la que se enfrentaba Jímer. El principio fundamental de una relación sana es que los formantes deben encontrarse en la misma jerarquía. ¿Cómo podía él, un ser de carne y hueso, yuxtaponerse al infinito de la agua? En el estado en el que se encontraba, moribundo y necesitado, no iba a conseguir nada.

Omnipresencia, omnipotencia y eternidad. Esas son las propiedades de los dioses. Jímer era consciente que la omnipotencia puede producir omnipresencia y eternidad: ser una fuente de energía pura, sin ningún tipo de alimentación, le haría ser eterno, debido a que no existiría la destrucción si existe la creación. Consecuentemente, la omnipotencia y la eternidad le harán ser omnipresente, pues toda la energía que disipará acabará llegando a todos los rincones del universo.
Jímer había logrado avanzar sin ninguna fuente de alimentación salvo su voluntad de conocer el origen de la agua. Pero, al fin y al cabo, su voluntad estaba alimentada de su deseo, aunque, ¿qué era lo que le alimentaba a su deseo? ¿Qué era lo que le alimentaba su obsesión con llegar hasta la cima? La agua que bebía, pensaréis.

Dentro de sí, veía que podría haber una fuente de energía inagotable. Su obsesión no se desvanecía, quería continuar, quería llegar al origen y estaba seguro que, aunque en su ascenso no tendría agua, podía avanzar. 
Su éxito sólo dependía de deshacerse de aquello que no le hacía omnipotente, pues la agua no querría a nadie obsesivo que quisiese acapararla. Tenía que librarse de su obsesión, lo único que le hacía ser algo, deshacerse de su único motivo de existencia. El desvanecerse y hallarse en la nada le haría ser todo, lugar en el cual se encontraría con los dioses, y con ello, con su diosa.

“¡Me convertiré en un elemento como la Tierra, que sin ella la agua no podría desplazarse!”
“En mi soledad, sin la ayuda de nadie ni de otra luz, seré capaz de crear la mía propia. ¡Todo el mérito será mío!” “Entonces, con luz propia, no dependeré de nada ni de nadie porque ya no necesitaré de la luz de los otros. Y para entonces, serán ellos los que dependerán de mi”

Jímer tenía mucha meditación por delante, pero, ya tenía un plan de evolución metafísica que le ayudaría a alejarse de su obsesión.
Volviendo la cabeza hacia arriba, a Jímer le pareció ver a alguien de nuevo, pero muy diferente al ser rojo que se acababa de encontrar.
Jímer, fue hasta él. “Seguro que se trata de mi reflejo, mi antiguo reflejo, el que andaba necesitado” Pensó, ya que dicho hombre tenía un aura de auténtica depresión, como era él antes. 
“¡Tendré que combatir contra mí mismo!” Pensó.

Capítulo 07

A medida que Jímer se acercaba, podía apreciar cómo era aquél muchacho. Esta vez, era un 'humano', igual que Jímer; pero su vestimenta, su aura, era bastante más 'apetecible': aunque estuviese llena de negatividad, desprendía mucha energía.

Jímer ya se encontraba justo en frente de él. Dicho joven estaba sentado, llorando.
Jímer le preguntó:
“¿Qué hace usted aquí, joven? ¿Y qué le ocurre, que se le ve tan triste?”
El joven, entre lloros, le contestó: “Lo he perdido todo, todo por lo que vivía y todo lo que amaba”
Jímer pudo verse a si mismo, pero la expresividad de aquél chico era mucho mayor que la que él tenía.
El joven siguió:
“Las aguas de aquí me amaban, era yo el motivo por lo que iban por este cauce. Kelia, la diosa de la vanidad, me trajo aquí para ser el eterno amante de la agua, pero ella ha desaparecido..." 

Jímer no podía creérselo. Acababa de conocer a alguien que amaba a las aguas, y éstas, le amaban a él.
Encima, Kelia, la diosa de la vanidad, le había ayudado. Para quienes no lo sepan, la agua le gustaría ser tan femenina como Kelia, ambas diosas son muy amigas, pero Kelia tiene un cierto control sobre la agua.
El joven siguió:
“Lo tenía todo con ella. Yo soy humilde y me conformaría sólo con esta agua…Pero ya no está. Dios mío…creo que me voy a morir. Ya no tengo ganas de seguir viviendo, la muerte voluntaria es mi única salida a todo este sufrimiento.” Y rompió a llorar.

A Jímer le abrumaban sus pensamientos: sentía una inmensa envidia por ese joven, el cual había vivido más intensamente esa experiencia con la agua porque Kelia le había ayudado; tuvo mucha suerte de conocerla. Jímer tuvo que currárselo mucho por la agua, y dicho joven ya lo tenía todo hecho. Encima, él lloraba y se quejaba, hasta deseaba morir. Jímer se mantenía fuerte aunque él nunca recibió favoritismos.
Jímer le dijo:
“Tú has sido muy agraciado por tus circunstancias y yo he tenido que sufrir mucho y encima he corrido la misma suerte que tú; seguro que yo me las merezco mucho más”
El joven no dijo nada.
Jímer siguió:
“Por cierto, no me...”

Jímer calló al ver que alguien se aproximaba por el bosque. Dicha figura le parecía familiar. Cuando al fin se acercó, pudo comprobar que se trataba de Ænair.

"¿¡Qué haces aquí!? ¿Has estado siguiendo cada uno de mis pasos?" Gritó Jímer.
El chico depresivo, al ver a Ænair, se levantó y dijo: "Bien. Dejémonos de gilipolleces". 

"Así mejor" Dijo Ænair. "¿Qué conclusión habéis sacado? La agua quiere a Hunder, ¿no es así?". Jímer no sólo descubrió el nombre del muchacho; sino también, ante su espanto, que ambos se conocían.
Hunder dijo: "Sí. Primero fue Jímer, luego yo. ¿Quién es el siguiente?" Jímer no podía creer que Hunder supiese su nombre, ni que supiese la cronología de todo lo ocurrido. 
Ænair siguió:
"Yo tengo información de que eso no es así, que lo sepáis. Pero sólo es mi palabra. No voy a meter a nadie más en este asunto. Si queréis lo creéis, y si no, no. Así que mejor no, sigamos." 
Jímer no aguantaba el secretismo y el ocultismo que desprendía Ænair, él quería saber todos los detalles, por muy dolorosos que fuesen.
Ænair continuó hablando:
"Así que lo que tenemos, es que la agua quiere a Hunder. Y la verdad, yo creo que habría que ayudarla a decidirse. ¿Pero cómo hablar con ella?"
Hunder propuso: "La manera es Keila." Ænair respondió: "¿Para qué hace falta Keila?" 
Hunder respondió: "Ella es la única que puede contactar con ella. Mediante este manto divino" Hunder sacó de su bolsillo un manto dorado, con el símbolo de Keila en su centro. Jímer dijo:
"Yo también sé cómo dar con ella. Con mi luz, con mi voluntad, seguro que la encontraremos en la cima de la montaña" 
Ænair, tras suspirar, respondió: "Claro, Jímer, pero a ti no te quiere. Es a Hunder. Con ese manto seguro que podremos dar con ella."
A Hunder tampoco se le veía muy convencido: "Entonces ¿por qué ha desaparecido? Creo que no nos quiere. Seguro que está en otro lugar, con otro; o con varios a la vez. Mi teoría es que la agua nos ha querido a los tres, pero no ha tenido la valentía de decirnos que ya no." A medida que avanzaban sus palabras, su expresión entristecía.
"El caso es..." Decía Ænair. "Que cada uno de vosotros pensáis que la agua es una cobarde, y que en realidad, os continúa amando...U os amó en algún momento... U os amó a los tres a la vez... O a cuatro o a cinco...". 
Jímer dijo: "Vaya, creo que sólo éramos Hunder y yo al principio. Ahora sé que tú, Ænair, también".
Ænair respondió: "Os digo, hay más. Y os digo, a la vez. Pero no tenéis por qué creerme. También os digo que jamás aportaré pruebas de ello. El asunto es, que sé varias cosas, pero que jamás os las contaré. Espero que me entendáis." 
Jímer volvió a decirle: "¿Así que sigues ocultándonos la verdad? También cabe la posibilidad que la agua vea a todos como a su amante"
Ænair contestó: "Bien, vamos a ver. No quiero entrar a juzgar a la agua, porque no sé los motivos que le llevan a actuar así. A pesar de las horas y horas que he hablado con ella, con una relación diferente a las vuestras, imagino. Así que, si te soy sincero, no tengo las conclusiones del tipo que buscáis. Bueno... O al menos no estáis preparados para oírlas, y no las creeirías, la verdad. No podríais aceptarla."
Jímer podía ver el abatimiento de Hunder, al observar que el contexto no era demasiado aragüeño. Jímer aún tenía fuerzas para responderle a Ænair:
"Da igual que te creamos o no. No sería problema tuyo" 
Ænair siguió: "Te equivocas. Sí que sería problema mío. Los hechos están ahí, con lo que tenéis ya debería ser suficiente para obtener el resultado. Simplemente no queréis verlo, y es comprensible. No me interesa nada deciros lo que yo pienso del asunto. Sino que reflexionéis, pero en el fondo es igual. Si lo lleváis bien, pues adelante. Buscadla."
Jímer dijo: "En serio, es insoportable tu ocultismo. ¿Acaso son tus conclusiones que ella ha estado jugando con nosotros? ¿Que nos ha usado como marionetas?" 
Ænair se asombró al escuchar a Jímer, y dijo: "...Eso es lo que me dijo ella. Pero no tiene porqué ser cierto. La realidad, al fin y al cabo, es la de vuestros sentimientos."

"Yo quiero conocer la verdad, quiero conocer la auténtica verdad de la agua y saber a quién únicamente quiere." Dijo Jímer. "Yo también" Añadió Hunder, levantando su barbilla.

"De acuerdo, entonces. Seguid adelante." Dijo Ænair, con tono cansado y enfadado. "Haced todo lo que tengáis en vuestra mano, luchar por ese sentimiento que tenéis. Espero no tener que consolaros la próxima vez que volvamos a encontrarnos."

Jímer y Hunder se miraron, desafiándose. Jímer dijo: “Entre los dos podremos hacer que vuelva la agua y hacer que escoja por alguno de los dos, a ver quien se merece beber de ella.”

Jímer estaba seguro de que Hunder pensaba que las aguas le escogerían a él, pero también estaba seguro de que Hunder no sabía de lo que Jímer era capaz…

Capítulo 08

¿Qué podían hacer para que la agua volviese? Ninguno de los dos lo sabía.
Hunder, depresivo, decía que ya esperaría a que Kelia le volviese a ayudar, para luego utilizar su manto.
Jímer, que nunca fue ayudado por nadie, quiso buscar por él mismo la solución.
Entonces, mientras Hunder esperaba bajo la sombra de un árbol, Jímer marchó.

Jímer fue en busca de la agua, recorriendo por la misma altura en la que se encontraba, para no perder el ascenso hecho, hiendo por las zonas donde había más posibilidades de encontrarla. Ni rastro. El paisaje, incluso, parecía cada vez más desértico.
Al final, cansado de buscar, quiso llegar al orgien de la cuestión, como decía su profesor de geología: cogió la roca más dura que encontró y buscó el suelo más blando. "Pico y pala" Se dijo, y comenzó a escarbar.
Tras varios días, cavando hacia el interior de la montaña sin saber muy bien si al final encontraría algo, acabó perforando las paredes de lo que parecía ser una cueva. "¿Acaso esta montaña es hueca?" Se preguntaba Jímer, ya aventurándose por el interior de la misma.

Cuando Jímer estaba en las entrañas más profundas de la montaña, pudo notar por sus tobillos, al fin, agua.
Jímer se adentraba cada vez más hasta que tenía que nadar. Al final, estaba de nuevo con la agua, pero inmerso en la total oscuridad que reinaba en dicha cueva.
Jímer pudo ver como una luz surgió a lo lejos. Se acercó, y ésta se hizo cada vez más potente hasta producir un gran destello. De éste, apareció una figura femenina, con una expresión triste. Su aspecto, era similar al de Amalia, pero no había ni rastro de su alegría.

"Jímer, ¿qué quieres?" Pronunció una voz etérea que salía de dicha figura.
Jímer dijo: "Por favor, dime, ¿por qué todo esto? ¿por qué has escapado? ¿Quién es ese Hunder? ¿Acaso ya no quieres saber nada de mí?"
Aquél ser etéreo respondió: "Mira, Jímer, siempre me has dado buen consejo y sólo puede verte como uno de mis mejores amigos. Pero ya no podremos volver a estar juntos. No voy a volver a salir a la superficie."

"Pero... ¿Acaso quieres a Hunder?" Preguntó Jímer, preso de la envidia y siguiéndole un silencio,  continuó: "Es un buen chico. Espero que sepa cuidarte." Tomó aire: "Uno no puede vencer teniendo tantos enemigos. Debes dejar que te guíe tu corazón y quitarte toda la mierda que la gente te dice." 
Se dijo, medio para sí mismo.

La agua, al fin, respondió y dijo: "Oye, Jímer, ¿por qué soy así?"
"¿Cómo?" Replicó éste.
"Que porqué soy así, porqué soy ésto, habiendo tantos humanos felices" Enfatizó la agua. 
Jímer ignoró la pregunta: "Creía que podía unirme a tí y estar así para siempre juntos... Espero que Hunder te haga feliz". 
La agua continuó: 
"Jímer, ¿estás enfadado?"
"... Sí, pero así es la vida. Unos ganan y otros pierden".
La agua, acariciándole con su voz:
"La agua que tu buscas se fue hace mucho"
"No, sigue dentro tuyo. Estoy seguro... Huh... ¿Qué es lo peor de mí? ¿Por qué Hunder y no yo?"
La agua contestó:
"Porque tu miras el lado malo de las cosas, piensas demasiado y de las personas ves demasiadas caras malas."

Con esto, la figura de la agua comenzó a desvanecerse. "¡No! ¡Espera!" Gritaba Jímer, mientras todo se volvió en tinieblas y la agua empezó a llevárselo hacia el interior de la montaña. Jímer no podía respirar, estuvo mucho tiempo sumergido, hasta que finalmente salió despedido por un agujero que daba al exterior.

Jímer reconoció el lugar donde estaba, y volvió corriendo hasta Hunder. Éste, muy contento, jugueteaba con la agua que volvía a circular.
Jímer cuando lo vio, le dijo:
“Lo ves, lo he conseguido. Hice que la agua volviese”
Hunder no le hizo mucho caso y siguió con su felicidad.

"Debemos ver a quién quiere la agua. Tú o yo. Acabemos con esto de una vez."
Hunder ofreció el manto dorado a Jímer; para que, entre los dos ,lo sumergiesen en la agua, y así conocer al fin la respuesta a todo.

Cuando lo sacaron apareció el nombre de…

Capítulo 09

Hunder.

Jímer ya conocía la respuesta de antemano, pero, por alguna razón, aún guardaba cierta esperanza. Esa confirmación le rompió lo único que le quedaba. Hunder, por su parte, dio saltos de alegría; ignorando la tristeza de Jímer.
“Maldito” Dijo Jímer. “Al parecer a la agua le gustan los más quejones…Le gusta ser más la madre que la amante. A ti, te gusta la agua, porque es como si fuera tu segunda madre, no la amas de verdad”
Hunder continuó ignorando a Jímer. Demasiado ocupado estaba con su alegría.

“Además, él era un agraciado de las diosas, le han ayudado y yo nunca fui ayudado” “¡Los más agraciados siempre son los más desagradecidos! ¡Él estaba quejándose y yo, en cambio, quería superarme!” Pensó Jímer, mientras Hunder descendía, siguiendo la corriente de la agua, y sin despedirse.

Demasiada injusticia hay en ese mundo. Por mucho que te esfuerces, los triunfadores siempre son los que más suerte tienen.

“Todos fueron en contra mía, todos me vieron como el perdedor y el que no se merecía nada ya que en realidad yo no pertenezco a este lugar. Si hubiera seguido el destino, me hubiera alejado hace mucho tiempo de la agua, pero quise ir contracorriente a mis caminos dictados, pero eso es imposible. Cuando todos están en contra tuya, poco puedes hacer.”

¿Qué podía hacer ahora, Jímer, humillado y castigado por los acontecimientos? ¿Para qué iba a seguir con su ascenso si ya conocía la respuesta? No quería dejar las cosas así, todo eso no podía acabar así…
Con lo que todavía sentía, poco le ayudaría rendirse, pues no quería ni imaginarse como sería esa sensación. Todavía quería demostrarles lo que era capaz de hacer; no sólo a la agua, sino también a Ænair, Hunder y a sí mismo.

Y así, entre ira y cólera, siguió Jímer andando por senderos de la montaña, sin agua y perdido en si mismo.

Capítulo 10

Jímer procuraba no pensar mucho en la elección de Hunder, le provocaba demasiado malestar y envidia. Empezó a rememorar todos los acontecimientos: Como el de aquél ser rojo y siniestro que se encontró hace ya tiempo. Otro que le mintió. Si la agua no quería a nadie, ¿por qué quería a Hunder? 
Jímer odiaba muchos de los atributos de las personas, como imaginaréis, pero el que más odiaba, por encima de todo, eran los mentirosos.

Perdido en sí mismo y en la más amplia de sus soledades, recordó uno de sus escritos de su 'juventud', aquellos que solía hacer antes de esta pesadilla que estaba viviendo. Se dio cuenta de que había sido víctima de aquellos que tanto odiaba. Dicho escrito decía así:

“Hay muchos seres que sólo viven de su Ego y utilizan a la gente como si fueran juguetes.
Esos seres pueden parecernos muy agradables y simpáticos o hasta parecernos que son los seres más magníficos de la faz de la tierra.
Gracias a sus mentiras, consiguen guardarse las verdades para si mismos y así sentirse superiores, simplemente porque ellos son los únicos conocedores de éstas.
Ellos mismos se consideran dioses, puesto que pueden usar a las personas como si marionetas fueran.
Ellos tienen suerte, conocen muy bien la mente humana y saben cómo reaccionará en cada caso.
Todos podemos ser sus víctimas, pero nunca lo podíamos saber, ellos pueden hasta fingir las emociones más “reales”.
La única forma de combatirles, es alejándonos de ellos, pues cuando a un niño se le quita un juguete, éste llora.
Desprecio sienten hacia nosotros, creen que no sabemos pensar ni razonar nada, pues su inteligencia emocional es totalmente nula.
Sólo están enfermos y necesitan alimentar su Ego, pero morirán cuando estén solos.
Tendrán que luchar contra ellos mismos y perderán.“

Nostálgico, Jímer rió al recordar todos esos escritos. Se sentía bien al hacerlo. Solía compartirlos en la Red de Onabar, en la que recibía muchos comentarios positivos.
Su narcisismo, crecía, y así lograba hacer desaparecer sus miedos.

Jímer continuaba su marcha, deambulando por esas crestas de la montaña maldita, buscando dentro de sí la cura de la ambición por el objetivo inalcanzable.

Cuando al fin pudo levantar la cabeza y mirar hacia el cielo, Jímer pudo ver aquél ser rojo que se encontró, planeando justo encima de él. Quien sabe cuánto tiempo llevaba siguiéndole: levitaba de forma totalmente insonora. Sin que este ser rojo pudiese abrir la boca, Jímer le gritó:

“¡Tú! ¡Maldito! Aprovechaste que estaba de bajón para poder manipularme. La agua simplemente se escondió de sus auténticos sentimientos. ¡Me mentiste y te reíste de mi!”

El ser rojo, con una enorme sonrisa dibujada en su cara, dijo:
“Yo te iba a traer buenas noticias, pero tus palabras son humilladoras para servidor. Lamentarás haber perdido mi amistad. No hace falta que me pidas perdón en el futuro. Yo nunca olvido”

Y con eso, desapareció, de la misma forma que en su anterior encuentro.

Jímer pensó que quizás hizo mal. Dicho ser podría haberle ayudado a recuperar, al menos, la amistad con la agua. Por su ira quizás había perdido una gran oportunidad.

Intentará controlarse la próxima vez.
Si hay próxima vez, claro.

Capítulo 11

Todo parecía haber terminado. Jímer, ¿qué tenía que hacer allí?
Tenía que irse, a otro lugar. Olvidarse y deshacerse de su obsesión iba a ser tarea casi imposible.
En esos momentos, de media lucidez, cuando estuvo más tiempo apartado de la agua, pudo sentir cómo en el fondo la odiaba, por haberle quitado todo lo que antes era suyo: con su enorme fuerza y erosión se llevó todo aquello en que creía.
“Parece como si mi vida sólo haya sido esta temporada con la agua”. Todos los recuerdos que tenía de su infancia y adolescencia se los había llevado con su fuerte corriente.

¿Qué iba a hacer Jímer? La agua le había dejado sin nada; sin personalidad, sin vivencias, sin nada por lo que vivir ni ilusionarse salvo por ella.
“Quizás ese ser rojo podría haberme ayudado y perdí mi oportunidad de volver con ella” Pensó “Si hubiera alguna forma de volver...” “La agua ya me dijo que no al decir que quería a Hunder, no me gustaría volver y parecer un obseso, un pesado, para la agua”

Jímer siguió pensando, alejándose unos días de su obsesión, otros acercándose. Sus pensamientos iban y volvían, pareciendo un bucle infinito. Con la necesidad de realizar algo para detener todo aquello, pensó:
“Actualmente no conozco otra cosa que la agua. Iré a mojarme un poco para calmar esta obsesión y así poder empezar de nuevo mi camino propio. 
Debo empezar a bajar a la agua de lo que es en mi mente, de una diosa a alguien común, para así ya no necesitarla y poder seguir por mi mismo. 
Cada día me iré desquitando hasta, al fin, ser libre. Al fin y al cabo, todo empieza y acaba siendo nada.”

Y así, Jímer fue hasta donde se encontraba el río. 

“Queridas aguas, dejarme estar con vosotras por un tiempo. De aquí poco, me marcharé, pero ahora no puedo. Sé que sois víctimas de numerosas Sanguijuelas, como ese Hunder. Yo procuraré no serlo.”

Las aguas ignoraron a Jímer cuando bebió. Él seguía pensando en su cometido, pues aunque siguió subiendo en vez de bajando, fue por el límite del cauce, para evitar a toda costa entrar de nuevo en una profunda obsesión.

***

A medida que Jímer subía, parecía que las aguas le querían abrazar más. Él procuraba no olvidarse de cuál era su plan, pero cada vez parecía más delgada la línea que separaba lo que era la agua y lo que no. 

Cuando Jímer estaba muy cerca de volver a caer de nuevo, las aguas comenzaron a tomar tonos cada vez más azules de lo normal. Fue algo parecido a lo de Amalia pero, en vez de morado, esta vez era un azul muy suave.
“¿La agua se me presentará otra vez?” Se preguntó Jímer, al ver que no estaba muy lejos de volver a caer por completo en su irremediable obsesión.
Y así fue. La agua empezó a elevarse y a tomar forma humana.
Ésta vez, era una mujer muy femenina y dulce. Su aspecto era el más humano del que Jímer había conocido de la agua. Jímer entonces sí que la relacionó con las aguas de las que se había enamorado.

“Hola, Jímer.” Dijo la mujer, con una voz muy dulce. “Soy Alicia, una de las 4 señoras de esta montaña”
Jímer no dijo nada, demasiado asombrado estaba con la increíble belleza de Alicia.
Alicia siguió:

“Jímer, ha pasado mucho tiempo desde que veniste aquí. No eres mártir, siempre has querido superarte e incluso seguir acompañándonos, a pesar de lo mal que te hemos tratado. Hemos visto como incluso has cambiado para ser más agua y así estar más cerca aún de nosotras.”

Jímer, al oír tal voz pronunciar tales palabras, olvidó su plan de autosuficiencia y se volvió a enamorar locamente de las aguas y dejar todo lo demás a un lado.

“Te quiero demasiado”

“Yo te quiero todavía más, Jímer”

Capítulo 12

Jímer disfrutó de la agua como nunca antes lo había hecho. Posiblemente, el hecho de haber estado tanto tiempo sin ésta, le hizo valorar mucho más lo que tenía. 
Disfrutó mucho de aquel caluroso verano, junto con su agua y la tranquilidad reinaba: todo estaba en paz.
A veces, su obsesión le hacía estar al borde de perderlo todo.
Quería tener a la agua toda para sí, pero eso no es posible, y Jímer desesperaba.

Comenzado noviembre, la agua empezó a cambiar, de nuevo. ¿Otra vez?
No parecía que se le volviese a presentar una dama de las aguas, como había ocurrido, sino que la agua se volvió más "normal". A medida que pasaba el tiempo, Jímer se sentía más pequeño: la belleza de la que disfrutaba de la agua empezó a parecerle más distante; se distanciaba de los celestial para volverse más terrenal.

Llegó un momento, hallá en el invierno, en el que ella ya no era la agua que Jímer conocía. Su esencia había desaparecido.
Llegados a este punto del ascenso, parecía que ésta sólo era para los árboles y para la tierra, lo cual sería lo más lógico e ideal. Ese era su cometido, su función desde un principio.

La agua ahora quiere lo más sencillo para ella, que es estar con los dioses de la Tierra y de los Árboles. Ya no le intereso.”

“Qué suerte tienen los dioses de los Árboles y de la Tierra. ¿Quién ha decidido que ellos pudieran ser dioses y yo no? ¿Por qué tienen la suerte de compartir sus vidas con la de la agua? ¡Ay mi agua! ¡Mentiste en que podríamos querernos!”
En el mundo de los dioses podían ver y tocar a la agua en persona. Podían vivir historias con ella. Conseguir enamorarla, ver cómo sonríe y cómo se entusiasma con todo lo que tienen a su alrededor.

“Qué rabia” Gruñó Jímer “¿Son ellos más que yo por haber nacido como dioses?”

Por mucho que a Jímer le pareciese injusto, él mismo sabía que los dioses lo eran por haberse forjado a sí mismos; los cuales, además, eran los auténticos dueños de la agua, al menos en esa realidad
Jímer quería que la agua dejase de dar de beber a los árboles y a la Tierra, quería derrotar lo que habían dictado los dioses. Su obsesión, su locura, le llevó a esa única salida.

“Cambiaré la lógica” Se dijo, con la mano en el pecho.

Capítulo 13

Con esa esperanza, Jímer continuó subiendo en busca de alguna respuesta. Pero lo único que encontraba era soledad ante una naturaleza muy distante. Al menos, se iba acercando cada vez más a la cima, su último objetivo. Estaba tranquilo, relajado, alejado de esa ansiedad que le atormentó tanto, y gracias a eso, subió con mayor ligereza. Aún así, el bosque cada vez era más espeso, más sano. La agua lo estaba alimentando como nunca, lo que provocaba más ira en Jímer; además que le dificultaba su avance.

A una cierta altura, donde las rocas ganaban más altura, pudo ver una estructura de hormigón en el horizonte del río. "¡Diantres! ¡Jamás pensé que encontraría una obra del hombre en estos lares salvajes!" Pensó Jímer. Dicha estructura era ni más ni menos que una presa de hormigón.
Cuando se encontró al pie de la misma, pudo descubrir una especie de cabaña en las inmediaciones.
“Así que dicha presa era la que producía esas sequías” Pensó Jímer. La agua, al fin y al cabo, era controlada por el hombre.

Jímer picó a la puerta.
Le abrió una joven rechoncha con muchas pintas de intelectual. Jímer empezó:

“Perdone, soy un escalador del río y mi curiosidad me ha obligado a picar a su puerta; ¿es usted la responsable de esta presa, no?”

“Así es” Dijo. ”Yo soy quien ha diseñado esta presa y la responsable de su regulación. El destino me ha traído hasta aquí y aquí debo permanecer. No me quejo de mi soledad, pues en el fondo no estoy sola, y ahora menos.”
Hizo un paso atrás e invitó a entrar a Jímer.
“Entre, entre. Debe estar muy cansado. Le haré un brebaje para que recupere las fuerzas.”

La cabaña era bastante austera, pero se veía y se palpaba en el aire que la muchacha era una apasionada de la música. Una enorme batería decoraba el salón principal, donde también se encontraba una pequeña cocina. Luego, tenía una habitación pequeñaque serbía de dormitorio, el baño, y la sala de máquinas de la presa, con mil y un botones de regulación de las aguas. Podía controlar a la agua desde que nacía hasta que moría.
La joven invitó a Jímer a sentarse y le trajo una taza de té. Hacía mucho tiempo que Jímer no bebía algo que no fuese agua. Ella le acompañó.

“He sido una maleducada. Mi nombre es Benni. ¿Usted se llama…?”
“Jímer, encantado.” Contestó.
“Y dígame. Jímer ¿qué le trae por estas tierras?”

“Pues mire, hace casi 1 año que bebí por primera vez de estas aguas y desde entonces no puedo vivir sin ellas. Decidí escalar este monte para ver la fuente que las producían, para poder ver de dónde salen unas aguas tan preciosas.
He sufrido mil y un problemas. Pero sé que con esfuerzo y superación conseguiré llegar a la cima.”

Benni no levantó la mirada. Cogió su taza de té y le dio un sorbo. Tras un largo silencio y ante el nerviosismo de Jímer, respondió:
"Tiene una visión demasiado romántica de las cosas, por lo que veo. ¿Es que a caso se siente solo y tiene alucinaciones? Las aguas que por aquí bajan no son muy diferentes a las de otro río. Serpentean, alimentan la vida de esta montaña, como todas." Miró a Jimer, sonriendo, y siguió: "Ahora bien, ¿a qué se dedica en la vida? ¿qué es lo que ha estudiado? Le veo muy artista, seguro que Bellas Artes. Todos acaban como usted, de verdad, y lo digo sin querer ser ofensiva."

Jímer pareció no escucharle, y ansioso, preguntó:
"¿Crees que las aguas me tienen miedo? ¿O fuiste tu quien las ocultó durante un tiempo? ¿Por qué no me has dejado disfrutar más de ellas?"

Benni respondió:
"No lo sé, de veras. No sé de qué me está hablando. ¿No le apetece un sorbo más de su té? ¿Por qué no me habla más de su vida de verdad?"

"Ya basta" Se cansó Jímer. "Si no quiere ayudarme, ¿por qué me da cobijo? Sería la persona que más me podría ayudar ahora mismo, pero me intenta evadir con preguntas estúpidas." Y levantándose enrabietado, le espetó "Voy a seguir con mi camino, que es lo que más deseo."

“¿No crees que ya es suficiente?" Dijo Benni, levantándose también. "Las aguas también están cansadas de sufrir. Por eso han decidido estar donde deben estar, que es alimentando a los Árboles y a su contexto. Cualquier otra opción sería demasiado difícil de llevarse a cabo. Las cosas no siempre funcionan como uno desearía, porque si así fuese, el mundo sería un caos. Debemos aceptar lo que somos y seremos siempre; humanos. El destino nunca nos dará lo que verdaderamente soñamos."
Benni se acercó hasta Jímer, y agarrándole de la mano, continuó diciendo:
"Hay que ser realista, ¡vivir en la tierra! Estate orgulloso de tu destino, ¡de lo que eres!"

Jímer apartó su mano y gritó:
"¿Acaso no entiende todo lo que le he dicho? ¿No ve que no podría vivir sin esta esperanza? Yo, lo que soy y por lo que lucho, es por estas aguas. Las quiero y es algo que no puedo quitarme de mi mismo. No puedo luchar contra mi propio yo. Quiero seguir luchando hasta que no me quede esperanza, ¡hasta que no quede nada de yo!"

Jímer, furioso, giró la cabeza y se dirigió hacia la salida, mientras Benni intentaba decirle:

“Reconócelo Jímer. No amas a las aguas, estás obsesionado. Éstas enfermo y debes alejarte para curarte. Ya verás como todo te saldrá bien si lo haces”
Sin escuchar, Jímer abrió la puerta y dio un portazo, seguido de marcharse corriendo hacia la cima de la montaña; mientras que Benni iba tras él, lanzándole argumentos para que Jímer entrase en razón.

Jímer estaba arto. No soportaba nada de eso. Parecía como si todos y todo lo que le rodeaba estuviesen en contra suya.
“No sé de donde saco tanta energía, de donde puedo seguir viviendo ante un alrededor tan hostil” Se dijo, entre penurias.

***

Jímer siguió por aquellos senderos, llenos de verde. Prácticamente no veía el río, pues el espesor del bosque se lo impedía. El odio que sentía por los árboles no podía ser mayor. "¡No soporto más estos árboles!" Decía, mientras apartaba las numerosas ramas que le impedían avanzar. 
En cierto momento, escuchó unos movimientos entre la maleza, y pudo observar un rostro más allá. Jímer se acercó hasta él, y a medida que avanzaba, pudo ver de quien se trataba: Ænair.

“¡Menuda caminata, muchacho!” Dijo Ænair “Realmente eres mi h’eroe, ojala hubiese tenido yo de joven tu misma energía” . Jímer le miró con cara de asombro, al ver ese rostro hablar, sin que pudiese verle nada de su cuerpo, aparentemente escondido entre la maleza.

Ænair siguió:
“Verdaderamente nunca pensé que llegarías hasta aquí, dudo que nadie salvo tú lo hubiese logrado” Jímer al fin sonrió, tras mucho tiempo sin hacerlo. Ænair siguió:
“Eres una auténtica mole. La diosa del agua no se te ha podido resistir, te han salido nuevos problemas pero tú has seguido. Alguien con dignidad no hubiera soportado la humillación y los consejos que tú has recibido. Si ya ni eso puede pararte, ya pocas cosas podrán.
Aún y así, tienes un problema, chico, te has enamorado de un polígono irregular de demasiadas caras y demasiado inestable.”
La agua es demasiado irregular y ésta es los demás. Aunque ella haga todo lo posible por autoconvencerse que no es así."

Jímer bajó la mirada y no dijo nada.

“Estás enamorado de la agua, que vamos a hacerle.
Si necesitas esperanzas, yo te las doy. Has sido increíble hasta ahora, puedes sentirte orgulloso: Has cambiado lo que todos pensaban que era incambiable. Todos pensaban que de la nada no se puede crear, que la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Tú has demostrado, con tu pasión inagotable, que puedes sacar energía de donde no la hay, puedes crearla.”

Jímer alzó la vista. Ænair concluyó:
“A ver hasta donde llegas muchacho. Haz lo que de verdad te llene”

El rostro desvaneció. A Jímer no le pareció extraño. Lo único que sentía era una energía que le envolvía todo el cuerpo desde dentro.

Retornó a su camino, esperanzado en encontrar el camino que le igualase a los dioses de los Árboles y de la Tierra.

Capítulo 14

Jímer volvió en sí, entre un inmenso mar de árboles y arbustos, en los que prácticamente no podía verse a si mismo.
Quiso volver donde estaba el río, pues con los últimos acontecimientos, parecía que se había alejado de su auténtico objetivo.
Quería recuperar la confianza con la agua, antes de llegar definitivamente a la cima.

Jímer descendió por la pendiente directamente hasta el centro del valle, donde aparentemente debía encontrarse el río. Y así fue.
El río se observava muy caudaloso, mucho más lleno de la agua. Jímer no pudo evitarlo, pegó un salto y se sumergió en ella.

Jímer abrió sus pulmones, para que la agua recorriese todas sus entrañas, sin dejar ningún resquicio, para que así pudiera comunicarse con ella con total claridad:
"Quiero pertenecerte. Quiero que nunca nos separemos. Quiero formar parte de ti para la eternidad." Decía Jímer a la agua, una vez ésta había llegado a lo más profundo de su ser. Jímer pudo sentir lo que ella decía:
"Lo siento, pero no eres como él, descubrí que estás muy lejos de acabar en un psiquiatrico"
Jímer sabía de quien estaba hablando, de los Árboles, aquél que tanto odiaba.
"¿Por qué vives, Jímer?" Pudo sentir Jímer que decía la agua, ante su asombro de una pregunta tan compleja. Jímer pensó: "Aunque actualmente no sabría como contestarte... Supongo que en el fondo vivo por la curiosidad. Sé que todavía puedo vivir muchas más experiencias, volver a asombrarme. Vivir la esperanza y el dolor."
"Gracias" Oyó que decía la agua. "A veces tengo la sensación de que estoy desviada, que se me están escapando cosas, y que dejo algunas para coger otras y cuando quiero coger las otras, éstas ya se han ido."
"¿Se está refiriendo a mí, la agua?" Pensaba Jímer, con lo que iba recuperando su esperanza.
Siguió sintiendo como la agua murmuraba:

"La gente como tú siempre va buscando algo, tienes un odio irremediable hacia todo pero a la vez te fascina. Lo que buscas no lo sé, si tienes suerte lo encontrarás, pero ten cuidado o acabarás fatal.
Yo, sé que tengo un destino, no puedo luchar contra mi naturaleza, haré lo que me pida mi intuición. Lo sé porque yo puedo hablar con el viento, con el sol, con la tierra y el fuego. Los escucho y ellos me cuentan cual es mi leyenda. Me contaron grandes cosas y me enseñaron lugares vírgenes que contemplar, me dijeron que eran para mí y que yo tendría que buscarlos... Mi historia no es otra que seguir lo que me dicte el corazón, y jamás luchar contra mi naturaleza. Y es que, cuando uno quiere algo con mucha ansia, el universo entero conspira para que éste lo consiga."

Jímer dejó de pensar y escuchar, perdió el conocimiento ante la tormenta emocional que vivía. 

Cuando volvió a abrir los ojos, pudo comprobar que ya no se encontraba dentro del río, ni cerca de él. Estaba en pleno bosque, ¿cómo podía haber acabado allí?
Se repuso y miró a su alrededor, para ver lejos un claro por donde caían los potentes rayos de sol. Se dirigió hasta allí y vio algo totalmente inusual.

En el claro había carruajes antiguos destrozados y molidos por el tiempo. Se acercó hasta uno de ellos y abrió una de sus puertas. Tras ella, había una escalera repleta de telarañas y arbustos, iluminada por velas, que parecían llevar a un lugar tenebroso.

Jímer se aventuró a bajarlas y llegó a un gran sótano, poblado por una inmensidad de tipologías de árboles y arbustos. Justo en el centro de la sala, había un árbol centenario, con un rostro dibujado en su tronco. 
La sala pareció tomar vida cuando detectó la presencia de Jímer, y el rostro empezó a gesticular. 
"¿Qué estás haciendo aquí?" Dijo tal rostro. Jímer respondió:
"Siempre te creí como mi mejor amigo. Desde mi más pura infancia, siempre he disfrutado de los Árboles, admirando su naturalidad, su translucidad... Pero resulta que me han arrebatado lo que más amo en este mundo"
El rostro dijo, al oír esas palabras:
"La naturaleza es así, Jímer. Así son las leyes. Yo siempre te he procurado ayudar, en tu ascenso, aunque nunca te hayas dado cuenta. Eres el único que ha escuchado mis problemas, durante todos estos años... Quiero que cumplas tu sueño, de poder ver a la agua de verdad."
A lo que Jímer respondió: 
"Nunca me has ayudado, al revés, has hecho todo lo posible para que no pudiese avanzar con mi ascenso. Me has estado observando, cómo luchaba por algo que amaba, y tú has querido imitar mi voluntad. Para ti ha sido lo más sencillo del mundo, obtener a la agua. Si no me hubieses visto mi lucha, no habrías puesto tanto empeño en no dejar ni gota."
Con eso, Jímer giró y marchó corriendo por donde vino, pero los Árboles no se lo iban a dejar tan fácil, pues con sus raíces procuraron retener a Jímer, mientras decían: "Yo siempre te he querido ayudar, sin mi nunca conseguirás ver a la agua."
A pesar de la insistencia de los Árboles, Jímer logró salir al exterior, con algo de apuro; donde finalmente dijo: "Nunca podré ser el amigo de los Árboles, pues demasiada envidia siento de su condición. Lo siento, pero sólo es y será ese el motivo." Jímer ya no era un enamorado de la naturaleza como lo era antes.
"Estas enfermo. Necesitas ayuda. Buscas algo totalmente utópico. Si supieses lo que ella dice de ti..." Decían los árboles, mientras Jímer se alejaba, tapándose los oídos.

***

Por primera vez, el odio que sentía Jímer por los Árboles era superior a la obsesión/amor que sentía por la agua. Jímer siguió pensando y pensando. Pensaba en hacer algo que satisfaciese todo lo que sentía: el odio hacia los árboles y el amor a la agua.
Y se le ocurrió una idea, suficientemente original:
El Templo de La Agua.

Se puso manos a la obra.
Desde el alba hasta medianoche, iba tallando pieza a pieza, roca a roca, colocándolas una encima de otra. Un solo hombre haría la mayor obra jamás construida por la humanidad. Pero, ¿cómo podía, él solo? Siempre hemos creído que la energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma. Para Jímer no fue así, pues lo que sentía le permitía crear de la nada, ser inagotable hasta que su sueño fuese realidad. En realidad, el odio y la envidia por los Árboles, era lo que más le ayudaba.
"Porque nadie vive para siempre, pero hay quienes dejan huellas inmortales." Recordaba Jímer, de unas palabras motivadoras de la agua, para que siguiese.

Cuando Jímer terminó de colocar la última roca y sacó las lonas que cubrían el templo de las tempestades, sus expectativas se hicieron realidad. La agua, abrazó a Jímer como nunca antes lo había hecho.
"Nadie en la historia ha hecho algo así por mi. Estoy en deuda contigo. Puedes pedir lo que quieras." Oía decir de la agua, muy emocionada.
Jímer se había esforzado en numerosas ocasiones a lo largo de su vida, pero nunca se había sentido tan satisfecho por su trabajo como en esa ocasión.

Capítulo 15

Jímer vivió unos días muy felices. Nunca había estado tan unido a la agua, y todo gracias a su gran obra. Él sabía que le había echo sentir algo que ni tan siquiera un dios sería capaz de lograr.

Pero... Él seguía siendo humano. Demasiado humano.
Aunque le hubiese hecho el mejor regalo de la historia de la humanidad, aunque le hubiese ayudado a no sufrir nunca más; Jímer seguiría siendo un humano, y la agua, un elemento, una diosa.
Antes incluso de lo que Jímer podía imaginarse, la agua dejó de mostrar interés por su templo.
Los árboles, que tras aquella construcción se habían marchitado, volvieron a florecer.
La agua volvía a alimentarlos como siempre hizo, a pesar de los grandes esfuerzos de Jímer. Todo parecía indicar que habían logrado acaparar a la agua de nuevo, quien sabe con que métodos.

Jímer volvió a aquél claro donde se había encontrado aquél rostro de los árboles. Ahora, un gran árbol salía de las escaleras por las que Jímer había bajado. Pudo ver que en este árbol también se figuraba un rostro; pero aparentemente inmóvil. 
Jímer le dijo:
"Me rindo. Ya no puedo más. Por mucho que me haya esforzado, por mucho que haya luchado, jamás lo hubiese conseguido. Nada puede oponerse a vuestra voluntad. Nadie puede alcanzar la divinidad. He perdido más de dos años de mi vida luchando por algo que, desde un principio, en mi subconsciente, sabía que era totalmente imposible.
Aun así, he decidido acabar con mi ascenso, y después, volveré donde yo debo estar.
Espero que tú, dios de los árboles, sepa cuidar de ella, por los siglos de los siglos. No sabe lo afortunado que es por su condición."

Jímer se alejó de ese claro, y puso rumbo a la cima de la montaña. Al fin y al cabo, le quedaba poco camino para conseguirlo. No quería irse de allí sin los brazos totalmente vacíos.

Estaba muy cerca. En aquella zona, a tan alta altitud, apenas había vegetación. Las rocas, afiladas como espadas, y la geografía, recordaban a un paisaje lunar. El río, de poco cauce, caía en cascada en mucho puntos. Estos metros fueron los más costosos para Jímer, que tenía que escalar en repetidas ocasiones. El tiempo, tampoco le ayudaba, grandes lluvias torrenciales caían por esas alturas. Pero no le importaba, quería llegar a su fin, costara lo que costara. Quería darle un homenaje al Jímer del pasado, que tanto había sufrido y soñado con estar allí algún día.

Jímer estaba ya a menos de cincuenta metros de la cima. En este último tramo, la montaña era una pared totalmente vertical y lisa, formando un cilindro casi perfecto, sin ningún orificio por el que Jímer pudiese escalarlo.
Pensó en cómo podía superar aquel último obstáculo. Jímer buscó a su alrededor por si encontraba algún medio de escalada, pero nada.
La noche se cernía, y el frío calaba en los huesos. Buscó algo con lo que calentarse y pasar la noche, mañana sería otro día. Encontró un arbusto seco y muerto; perfecto para hacer fuego y calentarse. Lo prendió y procuró dormir en esas terribles condiciones.

El cielo estaba totalmente abierto. Una inmensa luna y miles de estrellas iluminaban toda aquella zona inmersa en la oscuridad. El fuego de Jímer, era el único punto de luz que podía verse en toda la montaña.

Aparentemente por esa razón; una ave, curiosa por aquel fuego, se posó cerca de Jímer. Le llamó la atención al ver la belleza de tal ave, pues era una paloma totalmente blanca, pura; brillante, pareció iluminarse cuando la luz del fuego se proyectó en ella.
Jímer se acercó hasta donde estaba, y ante su sorpresa y susto, empezaron a venir más aves para rodearle completamente.

Una voz etérea salió del primer pájaro que llegó: 
“Te conocemos, Jímer. La luz que has creado nos ha llevado hasta ti. Nadie te ha ayudado a llegar aquí, ¡ni siquiera tú mismo! Pero has llegado. El destino te debe un favor."

Las palomas empezaron a elevarse para formar una especie de plataforma y parecían invitar a Jímer que subiese. Con cuidado, apoyó un pie y después otro. La sensación era extraña, pues parecía que no estuviese tocando a ninguna de aquellas palomas. Éstas empezaron a moverse y elevarse, con Jímer ya encima, y tomaron rumbo hacia la cima de la montaña.

Parecía que Jímer, finalmente, lo había conseguido. Iba a llegar a la cima, donde nace el río y la agua; tras meses y meses de lucha, sentimientos y emociones. Mientras volaba en aquel último tramo, recordó todo aquello por lo que había pasado, todo lo que le había llevado hasta ese momento, del que no quería separarse nunca más.

Capítulo 16

Jímer llegó a la cima.
Las aves le dejaron caer en lo alto, esparciéndose hacia todas las direcciones.
El sol nacía por el horizonte en un nuevo día, iluminando toda la bastedad del paisaje. Sin duda, estaba en el techo de lo que él llamaba mundo.
En la cima, recorrió el río con la mirada, que no tenía un ancho superior a una regaliz, para contemplar finalmente aquello por lo que tanto había luchado: la fuente.

Era una fuente no menos peculiar, pues era ni más ni menos que una estatua, aparentemente, de una mujer joven y esvelta, similar a las diosas de la agua que fue conociendo. 
Jímer se acercó para contemplarla mejor. Tenía una expresión de miedo, o al menos podía ver eso en sus ojos petrificados. El cabello que tenía no superaba su nuca, presentaba formas muy irregulares, muy despeinado y le tapaba ligeramente los ojos. ¡Qué difícil habría sido esculpir dicho pelo! 
A medida que más la contemplaba, más le sonaba de haber visto esa chica en el pasado ¿pero dónde? No conseguía recordar.
Concluyó que tal obra no podía haber sido hecha por un ser humano, pues su calidad era demasiado increíble como para que así fuese, ¡y no presentaba ningún rasguño por el paso del tiempo!

¿Ya está? Jímer había logrado al fin su cometido, estaba orgulloso sin duda por haberlo conseguido, pero tenía un vacío en su interior que le consumía. Miraba la estatua, con el propósito que ésta hiciese algo, pero nada. Sus ojos miraban al horizonte sin ningún movimiento.
Jímer empezaba a sentirse demasiado solo, allí donde estaba, encima de todo el mundo. No podía evitar que un profundo sentimiento de tristeza le invadiese por completo.

No pudo evitarlo, con su desesperación, abrazó aquella estatua, lo más parecido a un humano que había en muchos kilómetros a la redonda.
Entonces, aquella estatua empezó a iluminarse y a desprender grandes cantidades de energía. Jímer, preso del pánico, no podía separarse de ella. Estaba totalmente inmóvil mientras aquella energía entraba por todo su cuerpo, sin que pudiese hacer nada.

Empezó a no notar los pies, las piernas, el torso, los brazos... Era como estar desprendiéndose de su propio cuerpo. Lo último que notó Jímer fue su frente, que le ardía de una forma inaguantable.
Perdió la consciencia de sí mismo y todo se volvió oscuro. Pero podía seguir viendo. Se acercó a la estrella más cercana, hasta llegar al átomo más pequeño. Recobró otros sentidos, pero no los que durante toda la vida tuvo, eran totalmente nuevos. 
Todo se envolvía por colores puros, por pirámides, fractales, círculos que encajaban dentro de triángulos, grandes túneles en agujeros negros.
Jímer sintió que él pertenecía a todo y todo le pertenecía.

Todo parecía llevar hasta un destino final, y allí podía ver a una figura femenina, como aquella estatua, con aquellos cabellos agitándose hacia todas direcciones, con los brazos abiertos, esperando a Jímer.
Cuando llegó hasta ella, todo se volvió oscuro de nuevo, pero Jímer pudo abrir los ojos. 
Seguía abrazado a aquella estatua, pero ahora ésta tenía vida. No sabía muy bien donde estaba, pero era un lugar donde Jímer no había estado nunca. No era de nuestro mundo.

“Al fin estás aquí, Jímer.”

Con una sonrisa en la cara, se separó de Jímer, y cogidos de la mano, le enseñó todo su mundo.
Jímer no sabía que veía en aquella mujer, pero le llegó hasta lo más profundo se su corazón. Estar junto a ella era increíblemente placentero. 
Le llenaba todo lo que él era. 
Se sentía más completo que nunca. 
Quería estar toda la eternidad en ese estado. No necesitaba nada más.

En un momento dado, ella le volvió a abrazar. Levantó la barbilla para mirar a Jímer, le sonrió, y le besó. 
Mucho tiempo pasaron besándose; horas, puede que días.

Paseando por ese mundo, de repente, todo se volvió tenebroso y verde. Una figura semi-humana, delgada, apareció. Estaba muy enfurecido, aparentemente con Jímer, pues se abalanzó contra él, golpeándole. La mujer les separó, y la figura delgada salió corriendo, a llanto vivo. La mujer, fue tras él, diciéndole que lo sentía y que se calmase.

Cuando la mujer volvió, dijo a Jímer: "Gracias a ti me he librado de mi jaula eterna. Ahora seré libre para siempre" Bajó la mirada, y le volvió a decir a Jímer: "Deberías irte. Volver a lo que eres. No puedes seguir más tiempo aquí."

Jímer no quería, no quería irse de aquel lugar, donde al fin había encontrado la felicidad. 
Pero cada vez la mujer se alejaba más de él, mientras le decía: "Hasta pronto, Jímer."

Jímer notaba que volvía a sentir su cuerpo, a sus cinco sentidos, a medida que se alejaba más y más.

Cuando despertó, se encontraba en la cima de aquella montaña, tirado en el suelo. 
Se repuso, y miró a aquella estatua. 
Parecía totalmente cambiada, ahora sí que se observaba el paso del tiempo en ella, como si hubiesen pasado miles y miles de años.