Capítulo 15

Jímer vivió unos días muy felices. Nunca había estado tan unido a la agua, y todo gracias a su gran obra. Él sabía que le había echo sentir algo que ni tan siquiera un dios sería capaz de lograr.

Pero... Él seguía siendo humano. Demasiado humano.
Aunque le hubiese hecho el mejor regalo de la historia de la humanidad, aunque le hubiese ayudado a no sufrir nunca más; Jímer seguiría siendo un humano, y la agua, un elemento, una diosa.
Antes incluso de lo que Jímer podía imaginarse, la agua dejó de mostrar interés por su templo.
Los árboles, que tras aquella construcción se habían marchitado, volvieron a florecer.
La agua volvía a alimentarlos como siempre hizo, a pesar de los grandes esfuerzos de Jímer. Todo parecía indicar que habían logrado acaparar a la agua de nuevo, quien sabe con que métodos.

Jímer volvió a aquél claro donde se había encontrado aquél rostro de los árboles. Ahora, un gran árbol salía de las escaleras por las que Jímer había bajado. Pudo ver que en este árbol también se figuraba un rostro; pero aparentemente inmóvil. 
Jímer le dijo:
"Me rindo. Ya no puedo más. Por mucho que me haya esforzado, por mucho que haya luchado, jamás lo hubiese conseguido. Nada puede oponerse a vuestra voluntad. Nadie puede alcanzar la divinidad. He perdido más de dos años de mi vida luchando por algo que, desde un principio, en mi subconsciente, sabía que era totalmente imposible.
Aun así, he decidido acabar con mi ascenso, y después, volveré donde yo debo estar.
Espero que tú, dios de los árboles, sepa cuidar de ella, por los siglos de los siglos. No sabe lo afortunado que es por su condición."

Jímer se alejó de ese claro, y puso rumbo a la cima de la montaña. Al fin y al cabo, le quedaba poco camino para conseguirlo. No quería irse de allí sin los brazos totalmente vacíos.

Estaba muy cerca. En aquella zona, a tan alta altitud, apenas había vegetación. Las rocas, afiladas como espadas, y la geografía, recordaban a un paisaje lunar. El río, de poco cauce, caía en cascada en mucho puntos. Estos metros fueron los más costosos para Jímer, que tenía que escalar en repetidas ocasiones. El tiempo, tampoco le ayudaba, grandes lluvias torrenciales caían por esas alturas. Pero no le importaba, quería llegar a su fin, costara lo que costara. Quería darle un homenaje al Jímer del pasado, que tanto había sufrido y soñado con estar allí algún día.

Jímer estaba ya a menos de cincuenta metros de la cima. En este último tramo, la montaña era una pared totalmente vertical y lisa, formando un cilindro casi perfecto, sin ningún orificio por el que Jímer pudiese escalarlo.
Pensó en cómo podía superar aquel último obstáculo. Jímer buscó a su alrededor por si encontraba algún medio de escalada, pero nada.
La noche se cernía, y el frío calaba en los huesos. Buscó algo con lo que calentarse y pasar la noche, mañana sería otro día. Encontró un arbusto seco y muerto; perfecto para hacer fuego y calentarse. Lo prendió y procuró dormir en esas terribles condiciones.

El cielo estaba totalmente abierto. Una inmensa luna y miles de estrellas iluminaban toda aquella zona inmersa en la oscuridad. El fuego de Jímer, era el único punto de luz que podía verse en toda la montaña.

Aparentemente por esa razón; una ave, curiosa por aquel fuego, se posó cerca de Jímer. Le llamó la atención al ver la belleza de tal ave, pues era una paloma totalmente blanca, pura; brillante, pareció iluminarse cuando la luz del fuego se proyectó en ella.
Jímer se acercó hasta donde estaba, y ante su sorpresa y susto, empezaron a venir más aves para rodearle completamente.

Una voz etérea salió del primer pájaro que llegó: 
“Te conocemos, Jímer. La luz que has creado nos ha llevado hasta ti. Nadie te ha ayudado a llegar aquí, ¡ni siquiera tú mismo! Pero has llegado. El destino te debe un favor."

Las palomas empezaron a elevarse para formar una especie de plataforma y parecían invitar a Jímer que subiese. Con cuidado, apoyó un pie y después otro. La sensación era extraña, pues parecía que no estuviese tocando a ninguna de aquellas palomas. Éstas empezaron a moverse y elevarse, con Jímer ya encima, y tomaron rumbo hacia la cima de la montaña.

Parecía que Jímer, finalmente, lo había conseguido. Iba a llegar a la cima, donde nace el río y la agua; tras meses y meses de lucha, sentimientos y emociones. Mientras volaba en aquel último tramo, recordó todo aquello por lo que había pasado, todo lo que le había llevado hasta ese momento, del que no quería separarse nunca más.

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