Capítulo 16

Jímer llegó a la cima.
Las aves le dejaron caer en lo alto, esparciéndose hacia todas las direcciones.
El sol nacía por el horizonte en un nuevo día, iluminando toda la bastedad del paisaje. Sin duda, estaba en el techo de lo que él llamaba mundo.
En la cima, recorrió el río con la mirada, que no tenía un ancho superior a una regaliz, para contemplar finalmente aquello por lo que tanto había luchado: la fuente.

Era una fuente no menos peculiar, pues era ni más ni menos que una estatua, aparentemente, de una mujer joven y esvelta, similar a las diosas de la agua que fue conociendo. 
Jímer se acercó para contemplarla mejor. Tenía una expresión de miedo, o al menos podía ver eso en sus ojos petrificados. El cabello que tenía no superaba su nuca, presentaba formas muy irregulares, muy despeinado y le tapaba ligeramente los ojos. ¡Qué difícil habría sido esculpir dicho pelo! 
A medida que más la contemplaba, más le sonaba de haber visto esa chica en el pasado ¿pero dónde? No conseguía recordar.
Concluyó que tal obra no podía haber sido hecha por un ser humano, pues su calidad era demasiado increíble como para que así fuese, ¡y no presentaba ningún rasguño por el paso del tiempo!

¿Ya está? Jímer había logrado al fin su cometido, estaba orgulloso sin duda por haberlo conseguido, pero tenía un vacío en su interior que le consumía. Miraba la estatua, con el propósito que ésta hiciese algo, pero nada. Sus ojos miraban al horizonte sin ningún movimiento.
Jímer empezaba a sentirse demasiado solo, allí donde estaba, encima de todo el mundo. No podía evitar que un profundo sentimiento de tristeza le invadiese por completo.

No pudo evitarlo, con su desesperación, abrazó aquella estatua, lo más parecido a un humano que había en muchos kilómetros a la redonda.
Entonces, aquella estatua empezó a iluminarse y a desprender grandes cantidades de energía. Jímer, preso del pánico, no podía separarse de ella. Estaba totalmente inmóvil mientras aquella energía entraba por todo su cuerpo, sin que pudiese hacer nada.

Empezó a no notar los pies, las piernas, el torso, los brazos... Era como estar desprendiéndose de su propio cuerpo. Lo último que notó Jímer fue su frente, que le ardía de una forma inaguantable.
Perdió la consciencia de sí mismo y todo se volvió oscuro. Pero podía seguir viendo. Se acercó a la estrella más cercana, hasta llegar al átomo más pequeño. Recobró otros sentidos, pero no los que durante toda la vida tuvo, eran totalmente nuevos. 
Todo se envolvía por colores puros, por pirámides, fractales, círculos que encajaban dentro de triángulos, grandes túneles en agujeros negros.
Jímer sintió que él pertenecía a todo y todo le pertenecía.

Todo parecía llevar hasta un destino final, y allí podía ver a una figura femenina, como aquella estatua, con aquellos cabellos agitándose hacia todas direcciones, con los brazos abiertos, esperando a Jímer.
Cuando llegó hasta ella, todo se volvió oscuro de nuevo, pero Jímer pudo abrir los ojos. 
Seguía abrazado a aquella estatua, pero ahora ésta tenía vida. No sabía muy bien donde estaba, pero era un lugar donde Jímer no había estado nunca. No era de nuestro mundo.

“Al fin estás aquí, Jímer.”

Con una sonrisa en la cara, se separó de Jímer, y cogidos de la mano, le enseñó todo su mundo.
Jímer no sabía que veía en aquella mujer, pero le llegó hasta lo más profundo se su corazón. Estar junto a ella era increíblemente placentero. 
Le llenaba todo lo que él era. 
Se sentía más completo que nunca. 
Quería estar toda la eternidad en ese estado. No necesitaba nada más.

En un momento dado, ella le volvió a abrazar. Levantó la barbilla para mirar a Jímer, le sonrió, y le besó. 
Mucho tiempo pasaron besándose; horas, puede que días.

Paseando por ese mundo, de repente, todo se volvió tenebroso y verde. Una figura semi-humana, delgada, apareció. Estaba muy enfurecido, aparentemente con Jímer, pues se abalanzó contra él, golpeándole. La mujer les separó, y la figura delgada salió corriendo, a llanto vivo. La mujer, fue tras él, diciéndole que lo sentía y que se calmase.

Cuando la mujer volvió, dijo a Jímer: "Gracias a ti me he librado de mi jaula eterna. Ahora seré libre para siempre" Bajó la mirada, y le volvió a decir a Jímer: "Deberías irte. Volver a lo que eres. No puedes seguir más tiempo aquí."

Jímer no quería, no quería irse de aquel lugar, donde al fin había encontrado la felicidad. 
Pero cada vez la mujer se alejaba más de él, mientras le decía: "Hasta pronto, Jímer."

Jímer notaba que volvía a sentir su cuerpo, a sus cinco sentidos, a medida que se alejaba más y más.

Cuando despertó, se encontraba en la cima de aquella montaña, tirado en el suelo. 
Se repuso, y miró a aquella estatua. 
Parecía totalmente cambiada, ahora sí que se observaba el paso del tiempo en ella, como si hubiesen pasado miles y miles de años.

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