Capítulo 05


“¿Qué está pasando?” 

Jímer calculó que se encontraba a mitad de su ascenso; pero, algo escalofriante comenzó a suceder. La agua que sentía en el ombligo desapareció, después la de su cintura, la de sus rodillas, siguiendo por la de sus tobillos... Así siguió la agua, hasta que no quedó ni una sola gota que bajara por el río. 
Jímer desesperó. “¿Qué voy a hacer ahora?” Pensaba, al ver, que su razón de existencia, se había desvanecido. Los segundos se volvieron minutos, horas, días... Un instante sin la agua ya fue una auténtica eternidad.
Cuando finalmente Jímer levantó la cabeza, pudo divisar lejos a un hombrecito o algo similar. Jímer estaba seguro que tendría la respuesta a todo lo que acababa de suceder, pues, fue corriendo hasta él.

Al encontrarse cara a cara con dicho 'ser' le preguntó sin mirar:
“Eh, ¿sabes dónde ha ido a parar toda la agua que bajaba por aquí cerca?”
Se trataba de un humanoide de poca estatura, sentado en una roca, mirando hacia nada. Su cuerpo, totalmente rojo, llamaba la atención de lejos. Con sus ojos amarillos del tamaño de un puño miró a Jímer; y un poco por encima de su barbilla apareció una boca que pronunció lo siguiente con tono melodramático:

“Finalmente, las aguas han decidido no pertenecer a la montaña y han evolucionado. Su cometido aquí ya ha terminado. Ahora ya no pertenecen a este mundo”
Jímer desesperó al oír tal noticia que pegó un grito.
El joven hombrecito rió de forma burlona, regodeándose del sufrimiento de Jímer, y siguió con su mismo tono:
La agua es un ser libre. Además, su voluntad de poder la sitúa por encima de todos nosotros.
Ella quiere a todos por igual. Tú la quieres toda para ti y ella no pertenece a nadie en particular”

Jímer volvió a desesperar una vez más y de forma más acentuada. Entre sollozos, pudo decirle a dicho ser:
“Yo amo a esta agua y la necesito. ¿Usted cree que la agua podría darme otra oportunidad? Estoy seguro que yo sería capaz de hacerme merecer por tales aguas. Todavía no he demostrado todo lo de lo que soy capaz.”

El hombrecito, cuya sonrisa había ido en aumento, le contestó: 
“Lo siento, pero las cosas son así. La agua no va a sentir amor por uno solo” 
Y con esto, el hombrecito se desvaneció como si de un gnomo se tratase.

El aspecto de Jímer se parecía más a la de un muerto viviente que a la de una persona. 
¿Qué iba a hacer ahora?

No podía vivir sin la agua, así que pensó que no tenía otro remedio que buscarla para hacerle ver que podía amarle a él todo lo que él la amaba.
Jímer empezó a sumergirse en sus pensamientos, buscando la respuesta a la única pregunta que tenía.

Finalmente, encontró dentro de sí un pensamiento del que se armaría de capa y espada.
Un razonamiento que, según él, atraería a la agua como si él mismo fuese una esponja.

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