Parecía que todo había terminado. El agua que salía de aquella fuente, ya antigua, no era la agua. Todo era mucho más lógico. Jímer quería, quería volver junto a ella, pero todo parecía indicar que, esta vez, no volvería a ser posible.
“¿No has tenido suficiente? Ya has logrado tu objetivo, ya puedes retirarte. Te será duro porque estás obsesionado, pero todo en esta vida se olvida, tristemente. Así es la vida amigo, debes aceptarlo.”
Le decía su consciencia.
Jímer miró hacia el horizonte, hacia donde estaba su vieja ciudad. Pensó en cómo sería volver allí, quizás con sus antiguos amigos y familia ¿le habrían perdonado por haberles abandonado?
Aún era muy joven, y tenía mucha vida por delante.
Por otro lado, pensaba por todo lo que había vivido, por todos aquellos que le hicieron la zancadilla, que le taparon el camino, por todo lo que había amado...
Estaba enojado, ¿por qué todo estuvo en contra de él? ¿qué le había hecho él a los demás para que hiciesen lo imposible para evitar que Jímer siguiese?
Él amaba, ¿o estaba obsesionado? ¿dónde está la linea que lo divide? ¿Dónde veían el resto que Jímer estaba del lado de la obsesión y no en el del amor? ¿La había querido apresar?
A Jímer le pesó más su amor/obsesión, la lucha que había librado. Así que se sentó allí solo, en esa cima, esperando lo que nunca llegaría.
Se imaginaba toda una eternidad con ella, todo lo que podrían hacer y descubrir, pero eso nunca será, estará para siempre perdido en la mente de Jímer.
En todo ese tiempo de espera, pudo ver como la montaña por la que había ascendido iba perdiendo todo lo especial que tenía. Los árboles, se volvieron de un verdoso pardusco, poco vivo. La tierra, arenosa y sin resistencia, costosamente podían crecer los árboles y la vegetación. Y lo que es peor; el agua, que ya no tenía nada de la, grisácea y poco transparente.
Allí sólo se respiraba un recuerdo agridulce.
Pasó mucho tiempo; días, semanas, meses...
No tenía ningún sentido seguir allí. De la estatua, prácticamente no quedaba nada, pues varias tormentas la habían acabado destruyendo. La cima, que cuando Jímer llegó era un círculo perfecto, estaba completamente erosionada.
Jímer se levantó, miró hacia donde estaba su antigua ciudad, y empezó su descenso.
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