Jímer procuraba no pensar mucho en la elección de Hunder, le provocaba demasiado malestar y envidia. Empezó a rememorar todos los acontecimientos: Como el de aquél ser rojo y siniestro que se encontró hace ya tiempo. Otro que le mintió. Si la agua no quería a nadie, ¿por qué quería a Hunder?
Jímer odiaba muchos de los atributos de las personas, como imaginaréis, pero el que más odiaba, por encima de todo, eran los mentirosos.
Perdido en sí mismo y en la más amplia de sus soledades, recordó uno de sus escritos de su 'juventud', aquellos que solía hacer antes de esta pesadilla que estaba viviendo. Se dio cuenta de que había sido víctima de aquellos que tanto odiaba. Dicho escrito decía así:
“Hay muchos seres que sólo viven de su Ego y utilizan a la gente como si fueran juguetes.
Esos seres pueden parecernos muy agradables y simpáticos o hasta parecernos que son los seres más magníficos de la faz de la tierra.
Gracias a sus mentiras, consiguen guardarse las verdades para si mismos y así sentirse superiores, simplemente porque ellos son los únicos conocedores de éstas.
Ellos mismos se consideran dioses, puesto que pueden usar a las personas como si marionetas fueran.
Ellos tienen suerte, conocen muy bien la mente humana y saben cómo reaccionará en cada caso.
Todos podemos ser sus víctimas, pero nunca lo podíamos saber, ellos pueden hasta fingir las emociones más “reales”.
La única forma de combatirles, es alejándonos de ellos, pues cuando a un niño se le quita un juguete, éste llora.
Desprecio sienten hacia nosotros, creen que no sabemos pensar ni razonar nada, pues su inteligencia emocional es totalmente nula.
Sólo están enfermos y necesitan alimentar su Ego, pero morirán cuando estén solos.
Tendrán que luchar contra ellos mismos y perderán.“
Nostálgico, Jímer rió al recordar todos esos escritos. Se sentía bien al hacerlo. Solía compartirlos en la Red de Onabar, en la que recibía muchos comentarios positivos.
Su narcisismo, crecía, y así lograba hacer desaparecer sus miedos.
Su narcisismo, crecía, y así lograba hacer desaparecer sus miedos.
Jímer continuaba su marcha, deambulando por esas crestas de la montaña maldita, buscando dentro de sí la cura de la ambición por el objetivo inalcanzable.
Cuando al fin pudo levantar la cabeza y mirar hacia el cielo, Jímer pudo ver aquél ser rojo que se encontró, planeando justo encima de él. Quien sabe cuánto tiempo llevaba siguiéndole: levitaba de forma totalmente insonora. Sin que este ser rojo pudiese abrir la boca, Jímer le gritó:
“¡Tú! ¡Maldito! Aprovechaste que estaba de bajón para poder manipularme. La agua simplemente se escondió de sus auténticos sentimientos. ¡Me mentiste y te reíste de mi!”
El ser rojo, con una enorme sonrisa dibujada en su cara, dijo:
“Yo te iba a traer buenas noticias, pero tus palabras son humilladoras para servidor. Lamentarás haber perdido mi amistad. No hace falta que me pidas perdón en el futuro. Yo nunca olvido”
Y con eso, desapareció, de la misma forma que en su anterior encuentro.
Jímer pensó que quizás hizo mal. Dicho ser podría haberle ayudado a recuperar, al menos, la amistad con la agua. Por su ira quizás había perdido una gran oportunidad.
Intentará controlarse la próxima vez.
Si hay próxima vez, claro.
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