Capítulo 14

Jímer volvió en sí, entre un inmenso mar de árboles y arbustos, en los que prácticamente no podía verse a si mismo.
Quiso volver donde estaba el río, pues con los últimos acontecimientos, parecía que se había alejado de su auténtico objetivo.
Quería recuperar la confianza con la agua, antes de llegar definitivamente a la cima.

Jímer descendió por la pendiente directamente hasta el centro del valle, donde aparentemente debía encontrarse el río. Y así fue.
El río se observava muy caudaloso, mucho más lleno de la agua. Jímer no pudo evitarlo, pegó un salto y se sumergió en ella.

Jímer abrió sus pulmones, para que la agua recorriese todas sus entrañas, sin dejar ningún resquicio, para que así pudiera comunicarse con ella con total claridad:
"Quiero pertenecerte. Quiero que nunca nos separemos. Quiero formar parte de ti para la eternidad." Decía Jímer a la agua, una vez ésta había llegado a lo más profundo de su ser. Jímer pudo sentir lo que ella decía:
"Lo siento, pero no eres como él, descubrí que estás muy lejos de acabar en un psiquiatrico"
Jímer sabía de quien estaba hablando, de los Árboles, aquél que tanto odiaba.
"¿Por qué vives, Jímer?" Pudo sentir Jímer que decía la agua, ante su asombro de una pregunta tan compleja. Jímer pensó: "Aunque actualmente no sabría como contestarte... Supongo que en el fondo vivo por la curiosidad. Sé que todavía puedo vivir muchas más experiencias, volver a asombrarme. Vivir la esperanza y el dolor."
"Gracias" Oyó que decía la agua. "A veces tengo la sensación de que estoy desviada, que se me están escapando cosas, y que dejo algunas para coger otras y cuando quiero coger las otras, éstas ya se han ido."
"¿Se está refiriendo a mí, la agua?" Pensaba Jímer, con lo que iba recuperando su esperanza.
Siguió sintiendo como la agua murmuraba:

"La gente como tú siempre va buscando algo, tienes un odio irremediable hacia todo pero a la vez te fascina. Lo que buscas no lo sé, si tienes suerte lo encontrarás, pero ten cuidado o acabarás fatal.
Yo, sé que tengo un destino, no puedo luchar contra mi naturaleza, haré lo que me pida mi intuición. Lo sé porque yo puedo hablar con el viento, con el sol, con la tierra y el fuego. Los escucho y ellos me cuentan cual es mi leyenda. Me contaron grandes cosas y me enseñaron lugares vírgenes que contemplar, me dijeron que eran para mí y que yo tendría que buscarlos... Mi historia no es otra que seguir lo que me dicte el corazón, y jamás luchar contra mi naturaleza. Y es que, cuando uno quiere algo con mucha ansia, el universo entero conspira para que éste lo consiga."

Jímer dejó de pensar y escuchar, perdió el conocimiento ante la tormenta emocional que vivía. 

Cuando volvió a abrir los ojos, pudo comprobar que ya no se encontraba dentro del río, ni cerca de él. Estaba en pleno bosque, ¿cómo podía haber acabado allí?
Se repuso y miró a su alrededor, para ver lejos un claro por donde caían los potentes rayos de sol. Se dirigió hasta allí y vio algo totalmente inusual.

En el claro había carruajes antiguos destrozados y molidos por el tiempo. Se acercó hasta uno de ellos y abrió una de sus puertas. Tras ella, había una escalera repleta de telarañas y arbustos, iluminada por velas, que parecían llevar a un lugar tenebroso.

Jímer se aventuró a bajarlas y llegó a un gran sótano, poblado por una inmensidad de tipologías de árboles y arbustos. Justo en el centro de la sala, había un árbol centenario, con un rostro dibujado en su tronco. 
La sala pareció tomar vida cuando detectó la presencia de Jímer, y el rostro empezó a gesticular. 
"¿Qué estás haciendo aquí?" Dijo tal rostro. Jímer respondió:
"Siempre te creí como mi mejor amigo. Desde mi más pura infancia, siempre he disfrutado de los Árboles, admirando su naturalidad, su translucidad... Pero resulta que me han arrebatado lo que más amo en este mundo"
El rostro dijo, al oír esas palabras:
"La naturaleza es así, Jímer. Así son las leyes. Yo siempre te he procurado ayudar, en tu ascenso, aunque nunca te hayas dado cuenta. Eres el único que ha escuchado mis problemas, durante todos estos años... Quiero que cumplas tu sueño, de poder ver a la agua de verdad."
A lo que Jímer respondió: 
"Nunca me has ayudado, al revés, has hecho todo lo posible para que no pudiese avanzar con mi ascenso. Me has estado observando, cómo luchaba por algo que amaba, y tú has querido imitar mi voluntad. Para ti ha sido lo más sencillo del mundo, obtener a la agua. Si no me hubieses visto mi lucha, no habrías puesto tanto empeño en no dejar ni gota."
Con eso, Jímer giró y marchó corriendo por donde vino, pero los Árboles no se lo iban a dejar tan fácil, pues con sus raíces procuraron retener a Jímer, mientras decían: "Yo siempre te he querido ayudar, sin mi nunca conseguirás ver a la agua."
A pesar de la insistencia de los Árboles, Jímer logró salir al exterior, con algo de apuro; donde finalmente dijo: "Nunca podré ser el amigo de los Árboles, pues demasiada envidia siento de su condición. Lo siento, pero sólo es y será ese el motivo." Jímer ya no era un enamorado de la naturaleza como lo era antes.
"Estas enfermo. Necesitas ayuda. Buscas algo totalmente utópico. Si supieses lo que ella dice de ti..." Decían los árboles, mientras Jímer se alejaba, tapándose los oídos.

***

Por primera vez, el odio que sentía Jímer por los Árboles era superior a la obsesión/amor que sentía por la agua. Jímer siguió pensando y pensando. Pensaba en hacer algo que satisfaciese todo lo que sentía: el odio hacia los árboles y el amor a la agua.
Y se le ocurrió una idea, suficientemente original:
El Templo de La Agua.

Se puso manos a la obra.
Desde el alba hasta medianoche, iba tallando pieza a pieza, roca a roca, colocándolas una encima de otra. Un solo hombre haría la mayor obra jamás construida por la humanidad. Pero, ¿cómo podía, él solo? Siempre hemos creído que la energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma. Para Jímer no fue así, pues lo que sentía le permitía crear de la nada, ser inagotable hasta que su sueño fuese realidad. En realidad, el odio y la envidia por los Árboles, era lo que más le ayudaba.
"Porque nadie vive para siempre, pero hay quienes dejan huellas inmortales." Recordaba Jímer, de unas palabras motivadoras de la agua, para que siguiese.

Cuando Jímer terminó de colocar la última roca y sacó las lonas que cubrían el templo de las tempestades, sus expectativas se hicieron realidad. La agua, abrazó a Jímer como nunca antes lo había hecho.
"Nadie en la historia ha hecho algo así por mi. Estoy en deuda contigo. Puedes pedir lo que quieras." Oía decir de la agua, muy emocionada.
Jímer se había esforzado en numerosas ocasiones a lo largo de su vida, pero nunca se había sentido tan satisfecho por su trabajo como en esa ocasión.

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