Hunder.
Jímer ya conocía la respuesta de antemano, pero, por alguna razón, aún guardaba cierta esperanza. Esa confirmación le rompió lo único que le quedaba. Hunder, por su parte, dio saltos de alegría; ignorando la tristeza de Jímer.
“Maldito” Dijo Jímer. “Al parecer a la agua le gustan los más quejones…Le gusta ser más la madre que la amante. A ti, te gusta la agua, porque es como si fuera tu segunda madre, no la amas de verdad”
Hunder continuó ignorando a Jímer. Demasiado ocupado estaba con su alegría.
“Además, él era un agraciado de las diosas, le han ayudado y yo nunca fui ayudado” “¡Los más agraciados siempre son los más desagradecidos! ¡Él estaba quejándose y yo, en cambio, quería superarme!” Pensó Jímer, mientras Hunder descendía, siguiendo la corriente de la agua, y sin despedirse.
Demasiada injusticia hay en ese mundo. Por mucho que te esfuerces, los triunfadores siempre son los que más suerte tienen.
“Todos fueron en contra mía, todos me vieron como el perdedor y el que no se merecía nada ya que en realidad yo no pertenezco a este lugar. Si hubiera seguido el destino, me hubiera alejado hace mucho tiempo de la agua, pero quise ir contracorriente a mis caminos dictados, pero eso es imposible. Cuando todos están en contra tuya, poco puedes hacer.”
¿Qué podía hacer ahora, Jímer, humillado y castigado por los acontecimientos? ¿Para qué iba a seguir con su ascenso si ya conocía la respuesta? No quería dejar las cosas así, todo eso no podía acabar así…
Con lo que todavía sentía, poco le ayudaría rendirse, pues no quería ni imaginarse como sería esa sensación. Todavía quería demostrarles lo que era capaz de hacer; no sólo a la agua, sino también a Ænair, Hunder y a sí mismo.
Y así, entre ira y cólera, siguió Jímer andando por senderos de la montaña, sin agua y perdido en si mismo.
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