Empezado su ascenso, Jímer veía que no sería tarea fácil lograr terminarlo. Las condiciones le eran muy desfavorables: a la fuerte contracorriente que había que vencer, se le sumaba lo escurridiza que era la roca húmeda por la que avanzaba. Aun así, estar junto a la agua le ayudaba enormemente.
La balanza se inclinaba a su favor:
"Enorme debe ser el premio que me encontraré si tantas complicaciones hay." Pensaba.
Aunque no todo era ir contracorriente: de vez en cuando, de las crestas empinadas, se pasaba a las llanuras; donde la agua jugueteaba con la tierra formando numerosos meandros.
Esa era la forma en la que Jímer disfrutaba más del agua: cuanto más espacio abarca, mayor plenitud le hacía sentir.
Un buen día, descansando en una de esos lugares, la agua empezó a cambiar de tonos: del maravilloso azul grisáceo a un morado juguetón.
La incredulidad le superó a Jímer, que veía que su razón de existencia estaba transformándose: "¿Por qué siempre lo que uno ama acaba cambiando?" Pensó.
Entonces Jímer pudo ver como algo bajaba por el río:
Una esfera inchable decorada con una multitud de colores navegaba a través de los meandros. Cuando estuvo más cerca, Jímer pudo observar que había alguien encima de ésta, andando al unísono con la esfera y guiándola según su antojo, con dirección directa a Jímer.
Al estar a pocos metros, Jímer vio que era una especie de muchacha quien estaba allí subida. Con una sonrisa que le iba de oreja a oreja, riéndose de todo lo que había a su alrededor, se dirigió a Jímer:
"Buenas tardes, Alejandro. ¿Dónde está el té que te pedí que me trajera?"
Jímer, perpejo, le preguntó:
"¿Quien diablos es usted? ... ¡¿Qué ha sido de las aguas preciosas de las que antes disfrutaba?!” Dijo Jímer enfadado, desafiándola.
La muchacha volvió a preguntar:
"No te veo muy de humor hoy. ¿Con qué pie te has levantado? ... Cielo, ¿no te quedarán de esas piruletas en forma de corazón?"
Jímer se percató de la poca lucidez de la que tenía la muchacha. ¿Podría verle a él? Quiso comprobarlo:
"Mire señora, yo no soy el Alejandro del que pregunta. ¿Acaso usted es ciega y no me reconoce? ¿O ni siquiera sabe diferenciar las diferentes voces de las personas?"
La muchacha le dio la espalda a Jímer y murmulló:
"Maldito mentiroso, canalla..."
Jímer gritó:
"¡Mire...! ¡Usted ha venido aquí sin previo aviso y lo que más amaba ha desaparecido! ¡No sólo me ha retrasado en mi ascenso sino que quizás me ha hecho perder el significado de mi existencia!"
La muchacha se volvió a girar pero con una expresión más seria, y dijo:
"En ningun caso le falte al respeto, sólo dije mentiroso...al aire. Que usted lo haya malinterpretado no quiere decir nada, joven duque. Ahora si me dispensan sus majestades, tengo que ajustar el relog de palacio a su hora indicada"
Jímer, sin paciencia:
"¿Es que acaso me está tomando el pelo? ¿No puede responderme de quien es usted?"
La muchacha respondió finalmente:
"Mire, Alejandro, si no lo recuerda yo soy Amalia, el alma gemela de la agua. ¿A que no lo recordaba, Alejandro? ¡Si hasta tenemos los mismos peluches en la cama! Seguro que no se había percatado..."
De golpe, Amalia gritó sin dejar responder a Jímer:
" TAAAN!! Acaba de ganar un bonus!! Puede hacerme tantas preguntas como quiera durante los próximos 5 minutos que yo seré sincera al cien por cien!!"
Jímer, recobrándose del susto, le acabó preguntando:
"Veo por tanto que no ha sido sincera hasta ahora... Bien... ¿Dónde están las aguas de las que gozaba antes de que usted apareciese?"
Amalia respondió:
"Alejandro, por Dios. ¿Acaso no sabe que las aguas y yo somos hermanas? ... ¿O gemelas? ¿O que son yo? En qualquier caso, hace tiempo que no sé de nada de ellas... ¡Espere! ¡A esa pregunta le he respondido antes! ¿Es que ha perdido el sentido del oído, soldado?"
Jímer quedó sin habla, a lo que Amalia siguió, cambiando al tono chistoso inicial:
“Haha... Aún te queda mucho por aprender de nosotras” Pegó un salto y se situó a menos de un metro de Jímer.
Amalia se inclinó hacia delante y dijo: “No sé si nos gustarás, quieres tener todo bajo tu control y nunca te dejas llevar por el destino. Todos los seres humanos desean eso y por eso son infelices; yo y estas aguas nos dejamos llevar por el viento y encontramos la felicidad en todo. Incluso, si fuéramos humanas, encontraríamos la gracia de vivir debajo de un puente”.
Jímer siguió pasmado y finalmente pudo decir:
"¿De dónde vienen? ¿Por qué todo esto?"
Amalia rió y rió; y respondió:
“Pues verá joven marino, yo quiero entrar en un circo pero a mi edad ya nadie me coge…y qué remedio me quedó que pertenecer a estas aguas. Las aguas y yo vamos de lugar en lugar predicando la extrañeza y todos ven cómo no nos da vergüenza ser tal y como somos. Eso hace que ellos también se vuelvan libres y 'frikis' como nosotras. Jo…¡cómo adoro a los 'frikis'!”
Jímer, al final, acabó encantándose por esa muchacha. O esas aguas, como preferís decirle.
A medida que pasaba más tiempo con ella, más embriagadora se volvía: A pesar de que en un principio le asustase su rareza, acabó enamorándose precisamente de ésta.
A medida que pasaba más tiempo con ella, más embriagadora se volvía: A pesar de que en un principio le asustase su rareza, acabó enamorándose precisamente de ésta.
Jímer dijo:
"Verá, Señora, creo que me gustaría acompañarla en su viaje. Parece que no me cansaría nunca de usted, pero me he hecho un juramento, que es encontrarme con el origen de la agua. Y quizá, con el origen suyo."
Con eso, Jímer se volvió y miró hacia la cima, hacia su objetivo.
Amalia saltó de nuevo a su esfera, y tapándose la boca con la mano sin que Jímer pudiera ver su sonrisa, dijo:
“Se libre hijo mío, ve donde las brisas veraniegas te lleven, donde las aguas torrenciales te empujen, donde las ramas de los árboles te aparten....fiuuuu”
Cuando Jímer volvió a bajar la vista, Amalia había desaparecido. Con ello, las aguas volvieron a recuperar su estado anterior; aunque, su esencia había desaparecido significativamente.
Jímer entristeció, pues la presencia de Amalia le había causado apego. Volvió a mirar primero hacia la cima, y mirando luego hacia frente, empezó de nuevo su marcha.
Ya conocía un poco más de la agua: la fluidez de su pensamiento le hacía parecer un ser instintivo.
Si Jímer quería conquistarla, debía alejarse de la profundidad de su propio pensamiento, que era como un pozo del cual cualquier agua quiere escapar.
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