“Mírate cómo has acabado”-dijo dicha voz
“¡Quien anda ahí!”-Dijo Jímer, buscando con la mirada entre los espesos árboles.
Entre la maleza apareció un hombre alto, como si de un ente errante se tratase. Aunque sus vestimentas no fuesen elegantes, su esencia transmitía seguridad y respeto. Parecía un hombre curtido, con muchas vivencias y experiencias en su espalda.
Continuó hablando:
“¿Acaso no eras Jímer? ¿Aquél que no quería depender de nada ni de nadie?"
“¿Cómo sabes mi nombre? ¿Quién es usted?” respondió Jímer
“Mi nombre es Ænair y te conozco bien, Jímer. Conozco tu historia, de dónde vienes y cómo has llegado hasta aquí. En qué redes has caído... ahora vives para la agua de este lago. Estas a su merced. Ellas decidirán tu futuro: por donde irás, qué elegirás y qué sentirás.”
Jímer quedó atónito. ¿Cómo ese hombre podía saber tanto de él? ¿Y si era un farsante? ¿Y si Jímer era víctima de una broma pesada y esas aguas no estaban allí por casualidad?
Decidió seguirle la corriente, por lo que le contestó:
“Es bien cierto…Me he convertido en lo que más detestaba en este mundo: un dependiente. Pero amo la agua de este lago y creo que, ahora, no sería capaz de despegarme jamás. No me imagino una vida sin ella.”
Ænair tomó una pose comprensiva y prosiguió:
“Te voy a contar mi historia, chico.
Hace tiempo vine aquí invitado por una amiga, la cual me dijo que había hecho un gran descubrimiento con estas aguas y que podrían ser la cura de innumerables males.
Pero pasado un tiempo, descubrí por mi mismo la auténtica naturaleza de la agua; me llevé una gran decepción, vi como jugaron conmigo, cómo quedé embriagado, cómo me mintieron...
Ahora temo que le hagan daño a ella, ya que es una persona a la que aprecio mucho.
...
...
Estas aguas traen enfermedad, chico".
Jímer vio en ese hombre a su padre, con sus innumerables discursos de lo que está bien y de lo que está mal.
“¡Mentira! Algo que te hace sentir tan bien, conforme con todo y feliz, nunca puede ser tan perverso como dices. Estoy seguro que estas aguas es el bien más preciado que existe en el planeta.
Quiero tenerlas, quiero poseerlas, las quiero con todo mi corazón. No quiero que nadie impuro pueda perturbar su increíble belleza. Quiero que me quieran, quiero que me posean, quiero que me quieran con todo su corazón. Desearía yuxtaponerme con ellas, ser uno y vivir eternamente junto éstas. Sin nadie más".
Ænair hizo una mueca y respondió:
"Chico... Yo sólo te digo que estas aguas no son trigo limpio... Sigue bebiendo; entonces, volverás a ver que todo cobra sentido de nuevo. Yo, no quiero saber nada más.".
Jímer bajó la cabeza.
Ænair siguió: "Bien. He hecho lo que he podido. Quizás es mejor que nunca sepas lo que verdaderamente son estas aguas, ni lo que han hecho..."
Jímer levantó la cabeza tras oír estas últimas palabras. Entonces habló:
"¿Qué es lo que sabes? ¿Quien más hay aquí; bebiendo de éstas aguas?"
Ænair respondió:
"Ya te he dicho todo. Estas aguas no son trigo limpio. Punto y pelota. No voy a seguir más por aquí. Si hay más 'como tú' es algo que desconozco"
Jímer insistió:
"Sé que lo sabes, sino no dirías que no son trigo limpio.
¿Por qué no me lo dices? ¿Por qué disfrutas viéndome sufrir?
Si me lo cuentas, me curarás de esta incertidumbre; el peor de los males, pero en cambio, prefieres que ésta persista".
¿Por qué no me lo dices? ¿Por qué disfrutas viéndome sufrir?
Si me lo cuentas, me curarás de esta incertidumbre; el peor de los males, pero en cambio, prefieres que ésta persista".
Ænair respondió:
"Estás yendo demasiado lejos, chaval. Entre tu chantaje emocional, y el dramatismo patético que le estas echando, dan ganas de darte un azote".
Jímer volvió a insistir:
"Por favor, necesito que me cuentes todo lo que sepas. Todo lo que esté en tu mano. ¿Dónde está tu amiga ahora? ¿Cuán conoce a estas aguas?"
Ænair, ya fatigado, respondió:
"Mira chico, no quiero hablar más de ello. Me temo que eres víctima de una tomadura de pelo. Probablemente ahora no tienes consciencia de lo perversas que son estas aguas. Puede que algún día lo descubras, si eres un poco más inteligente."
Dicho esto, Ænair dio unos pasos atrás y desapareció entre los árboles, tal y como se había presentado.
Jímer corrió hasta donde estaba Ænair, buscando entre la maleza para ver si podía localizarle.
No hubo suerte.
No hubo suerte.
Jímer estaba muy perdido, liado, no sabía bien en qué pensar. En cómo enfocar todo aquello.
Miró hacia arriba, hacia la cima, y se preguntó cuál sería la fuente de las aguas. Qué origen podía tener esa sustancia de la que se había enamorado locamente.
Sabía que si empezaba su ascenso, ya no habría vuelta atrás, pues las aguas acabarían reemplazando todo aquello que Jímer era.
Demasiada incertidumbre, demasiado enamoramiento, demasiado ebrio... Jímer no pudo evitar empezar con su ascenso.
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