Capítulo 12

Jímer disfrutó de la agua como nunca antes lo había hecho. Posiblemente, el hecho de haber estado tanto tiempo sin ésta, le hizo valorar mucho más lo que tenía. 
Disfrutó mucho de aquel caluroso verano, junto con su agua y la tranquilidad reinaba: todo estaba en paz.
A veces, su obsesión le hacía estar al borde de perderlo todo.
Quería tener a la agua toda para sí, pero eso no es posible, y Jímer desesperaba.

Comenzado noviembre, la agua empezó a cambiar, de nuevo. ¿Otra vez?
No parecía que se le volviese a presentar una dama de las aguas, como había ocurrido, sino que la agua se volvió más "normal". A medida que pasaba el tiempo, Jímer se sentía más pequeño: la belleza de la que disfrutaba de la agua empezó a parecerle más distante; se distanciaba de los celestial para volverse más terrenal.

Llegó un momento, hallá en el invierno, en el que ella ya no era la agua que Jímer conocía. Su esencia había desaparecido.
Llegados a este punto del ascenso, parecía que ésta sólo era para los árboles y para la tierra, lo cual sería lo más lógico e ideal. Ese era su cometido, su función desde un principio.

La agua ahora quiere lo más sencillo para ella, que es estar con los dioses de la Tierra y de los Árboles. Ya no le intereso.”

“Qué suerte tienen los dioses de los Árboles y de la Tierra. ¿Quién ha decidido que ellos pudieran ser dioses y yo no? ¿Por qué tienen la suerte de compartir sus vidas con la de la agua? ¡Ay mi agua! ¡Mentiste en que podríamos querernos!”
En el mundo de los dioses podían ver y tocar a la agua en persona. Podían vivir historias con ella. Conseguir enamorarla, ver cómo sonríe y cómo se entusiasma con todo lo que tienen a su alrededor.

“Qué rabia” Gruñó Jímer “¿Son ellos más que yo por haber nacido como dioses?”

Por mucho que a Jímer le pareciese injusto, él mismo sabía que los dioses lo eran por haberse forjado a sí mismos; los cuales, además, eran los auténticos dueños de la agua, al menos en esa realidad
Jímer quería que la agua dejase de dar de beber a los árboles y a la Tierra, quería derrotar lo que habían dictado los dioses. Su obsesión, su locura, le llevó a esa única salida.

“Cambiaré la lógica” Se dijo, con la mano en el pecho.

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