Capítulo 01

En las costas orientales, bajo las inmensas montañas rocosas, alejada de los peligros de la naturaleza; estaba situada la gran ciudad de Onabar, donde vivía un joven adolescente de esos tan odiosos, llamado Jímer.

Aparentemente, y bajo las opiniones de muchos de sus conocidos, Jímer era un joven un tanto peculiar. 

Generalmente, en las grandes urbes, el sueño de cualquier joven es convertirse en el deportista de élite del momento, en el cantante del que todas quieren darle su ropa interior, en el multimillonario coleccionista de coches de lujo. Todos desearían llegar a ese fin. Aunque, difícilmente, pocos podían conseguirlo, debido a la cultura del mínimo esfuerzo publicitada en los medios.

Jímer no era muy diferente a ellos; lo único, era que no paraba de pensar. Todo el mundo piensa, es evidente, pero Jímer siempre pensaba reiteradamente desde una perspectiva metafísica. Las personas, el contexto; todo debía tener un sentido, un motivo por el cual todo tenía un fin.

Consecuentemente, esta forma de pensamiento, lo alejaba de la espontaneidad de la que goza un adolescente normal. Independientemente de vuestra edad, estimados lectores, recordaréis vuestra adolescencia como una época turbia, en la que no queréis recordar ciertas injusticias o acciones irracionales de las que fuisteis partícipes. Puede que no, puede que fuese la mejor época de vuestras vidas.
Por tanto, podéis imaginar cómo era la vida de Jímer bajo estas circunstancias. La lentitud de reflejos y pensamiento era más castigada, aún si cabe, que la fealdad.

Como el entorno en el que se hallaba le era regresivo y cruel, solía refugiarse en sus fantasías. Fantasías las cuales no podrían llegar a cumplirse nunca, bajo ningún pretexto: rozaban la inimaginación.
Eran similares a los anuncios de perfumes; aunque en este caso, participaba alguien como Jímer.

Habitualmente, se solía mirar a sí mismo y a los demás, y entonces comprobaba lo triste que era su vida.
Nadie participa, ni tan siquiera conoce, una celebración que se celebre solo. Salvo algunas, de las que ya imagináis, aunque son permanentemente perseguidas.

Nadie en su sano juicio desearía ser Jímer ni nada que se le parezca.
¿Por qué él escogió ser así? Todos hemos nacido llorando y jaleando, pero Jímer no. Puede que ese sea el motivo, quien sabe.

Entre el repertorio de sus pensamientos, solía abundar el reproche:

“Estos estúpidos adultos, cuyos consejos no escasean, se consideraron rebeldes en su día. Pero al final, entendieron que la soledad era terrible; preferían, ante todo eso, tener a una mujer atada, una familia y a unos amigos; para así asegurar que no morirán solos. 
La gente es egoísta, al fin y al cabo, aunque ni eso: de sus bocas sólo salen palabras de los demás.”

Jímer seguía:
“¿Será porque se aburren estando solos?” 
“¿Será porque todos dicen que en la soledad no hay felicidad y por eso la evitan?”

Jímer estaba acostumbrado a la soledad, la cual no había llegado a él porque quiso. Al menos, es lo que él pensaba. 

Los reproches continuaban y continuaban; casi siempre en su mente. Ya que, si se lo decía a alguien, lo consideraba un inmaduro, alguien el cual no era capaz de ser feliz ni de comunicarse.
El orgullo, era su estandarte: "Imbéciles" Pensaba. 

“Me iré lejos de la ciudad donde nadie pueda modificar mis opiniones” Acabó pensando.

El odio irracional hacia él y los demás, le llevo a tomar esa decisión. Irse lejos de la ciudad, de la guarida humana.
Muy poca gente se aventuraba a ir más allá de las afueras de Onabar, lugar donde nada que se enseñaba en las escuelas era aplicable. La ciudad se había convertido en una burbuja, donde todo lo que uno necesita podía conseguirse instantáneamente. No había ni dolor, ni esfuerzo ni soledad. Valores que Jímer buscaba: necesitaba sentirse vivo.

Jímer se marchó con lo puesto. Salió por su puerta, bajó las escaleras, y se puso a andar hacia el norte.
No se despidió ni de nadie ni de nada. 
"No hace falta despedirse. Para ellos, fui una carga y un desecho. Espero que la vida les de una lección" Pensó.

A medida que Jímer avanzaba, veía como el escenario iba cambiado. Abandonó la acomodada zona residencial donde vivía, para pasar a las chabolas de las afueras. Lugar peligroso, sin duda, aunque eso era señal que cada vez se acercaba más a la naturaleza.
Supo que abandonó la ciudad cuando se dio cuenta que le costaba mucho avanzar por la espesa maleza. 
Decidió ir por las crestas de las montañas, donde había menor vegetación ,y por tanto era más sencillo avanzar.
No sólo era ese el motivo. Hizo muchas cimas y le llenaba mucho hacerlo, se sentía superior a la muchedumbre concentrada en las ciudades de baja latitud.

Además de eso, aprendió mucho de la naturaleza: se dio cuenta de que ésta no se preocupaba de cometer errores; es más, intentaba cometer los máximos posibles para hallar las soluciones en el menor tiempo posible, y así recudir las probabilidades de volver a cometerlos. Con ello se aseguraba de llegar con mayor rapidez a la perfección.

Los animales eran quienes le enseñaban cómo debía andar más rápido, sobrevivir por los desfiladeros más peligrosos y cómo alimentarse.

“Vaya, ahora es la naturaleza quien me influye: conseguí salir del rebaño de la sociedad humana, pero sigo perteneciendo al conjunto de la naturaleza” Pensó. A pesar de los esfuerzos físicos, no abandonó su faceta de observador trascendental.

Pasaron días y meses. Pocos recuerdos y pertenencias le quedaban a Jímer de la ciudad. Cada día era más bello que el anterior, pues a medida que se desplazaba, las vistas se volvían cada vez más caóticas y enriquecedoras.

Un día cualquiera, desde lo alto de una montaña, divisó lejos una de los montes más altos que jamás haya visto antes. Presentaba una forma parecida a la de una espiral, aunque tenía unas protuberancias que no seguían ninguna ley.
Intentó recordar sus libros de geología, pero aquello no se asemejaba a algo que pudiese ser posible en nuestro mundo.

Se trataba de un macizo rocoso lleno de frondosos bosques húmedos. El verde de los árboles era potente y luminoso.
Un lugar digno de admirar. 
Para cualquier artista hubiese sido la mayor inspiración de su vida.

Jímer no dudó. Se desafió a escalar ese monte. "Seguro que nadie antes lo ha logrado. Nadie ha aprendido tanto como yo. Seré recordado para siempre por ésto". Pensó, sin percatarse que a quienes quería que le recordasen, eran aquellos que él odiaba.

Llegar hasta la falda de la montaña ya fue una tarea muy difícil.

Jímer iba entre los árboles ya que no existían senderos por esa zona virgen. Al cabo de unos cien metros de haber entrado en el bosque, a su sorpresa, salió a un sendero que cruzaba el bosque.
"Me temo que no soy el primero en llegar aquí...". Pensó Jímer, ya que dicho camino era obra humana, aunque su uso se había abandonado, sin duda, desde hace muchos años.

A pesar de que no sería el primero de la historia en estar allí, no quiso abandonar la idea de subir la montaña; así que cogió el sendero y se puso dirección a ella.

Cuando llegó, encontró un lago: la desembocadura de un río que provenía de lo alto de la montaña. 
Bordeó el lago hasta llegar a la cascada de agua, donde buscó por allí un buen camino para empezar su ascenso. Veía que no sería tarea fácil, pues parecía ser que el contenido de esa agua había erosionado la roca de forma mucho más pronunciada de lo que es habitual, por lo que acabó dudando de la potabilidad de la misma.

Jímer estaba agotando, hambriento y sediento. Se sentó y prácticamente quedó desmayado.
No podía más. No podía más. Estaba tan seco que era cuestión de horas que acabase fulminado.

Finalmente, ya por inercia y actuando sin juicio, decidió beber de esas aguas que poco atractivas parecían a simple vista.

Jamás había sentido algo similar.

La agua bajaba por su esófago, estómago e intestinos para luego expandirse por todo su cuerpo, de forma que la sensación de ingravidez y felicidad ondeaban por él y por todo lo que le envolvía.

No podía parar de beber de ésta. La necesitaba.
“No me extraña que crezca dicha vegetación con esta agua. ¡Qué envidia me dan estos árboles que pueden estar bebiendo aquí por muchos años!”

Jímer estuvo allí muchos días, semanas, quizás meses…
La Agua era el único alimento que necesitaba.

Un bien día, pasado un tiempo y mientras Jímer bebía; escuchó una voz de un hombre entre la maleza.

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