Capítulo 11

Todo parecía haber terminado. Jímer, ¿qué tenía que hacer allí?
Tenía que irse, a otro lugar. Olvidarse y deshacerse de su obsesión iba a ser tarea casi imposible.
En esos momentos, de media lucidez, cuando estuvo más tiempo apartado de la agua, pudo sentir cómo en el fondo la odiaba, por haberle quitado todo lo que antes era suyo: con su enorme fuerza y erosión se llevó todo aquello en que creía.
“Parece como si mi vida sólo haya sido esta temporada con la agua”. Todos los recuerdos que tenía de su infancia y adolescencia se los había llevado con su fuerte corriente.

¿Qué iba a hacer Jímer? La agua le había dejado sin nada; sin personalidad, sin vivencias, sin nada por lo que vivir ni ilusionarse salvo por ella.
“Quizás ese ser rojo podría haberme ayudado y perdí mi oportunidad de volver con ella” Pensó “Si hubiera alguna forma de volver...” “La agua ya me dijo que no al decir que quería a Hunder, no me gustaría volver y parecer un obseso, un pesado, para la agua”

Jímer siguió pensando, alejándose unos días de su obsesión, otros acercándose. Sus pensamientos iban y volvían, pareciendo un bucle infinito. Con la necesidad de realizar algo para detener todo aquello, pensó:
“Actualmente no conozco otra cosa que la agua. Iré a mojarme un poco para calmar esta obsesión y así poder empezar de nuevo mi camino propio. 
Debo empezar a bajar a la agua de lo que es en mi mente, de una diosa a alguien común, para así ya no necesitarla y poder seguir por mi mismo. 
Cada día me iré desquitando hasta, al fin, ser libre. Al fin y al cabo, todo empieza y acaba siendo nada.”

Y así, Jímer fue hasta donde se encontraba el río. 

“Queridas aguas, dejarme estar con vosotras por un tiempo. De aquí poco, me marcharé, pero ahora no puedo. Sé que sois víctimas de numerosas Sanguijuelas, como ese Hunder. Yo procuraré no serlo.”

Las aguas ignoraron a Jímer cuando bebió. Él seguía pensando en su cometido, pues aunque siguió subiendo en vez de bajando, fue por el límite del cauce, para evitar a toda costa entrar de nuevo en una profunda obsesión.

***

A medida que Jímer subía, parecía que las aguas le querían abrazar más. Él procuraba no olvidarse de cuál era su plan, pero cada vez parecía más delgada la línea que separaba lo que era la agua y lo que no. 

Cuando Jímer estaba muy cerca de volver a caer de nuevo, las aguas comenzaron a tomar tonos cada vez más azules de lo normal. Fue algo parecido a lo de Amalia pero, en vez de morado, esta vez era un azul muy suave.
“¿La agua se me presentará otra vez?” Se preguntó Jímer, al ver que no estaba muy lejos de volver a caer por completo en su irremediable obsesión.
Y así fue. La agua empezó a elevarse y a tomar forma humana.
Ésta vez, era una mujer muy femenina y dulce. Su aspecto era el más humano del que Jímer había conocido de la agua. Jímer entonces sí que la relacionó con las aguas de las que se había enamorado.

“Hola, Jímer.” Dijo la mujer, con una voz muy dulce. “Soy Alicia, una de las 4 señoras de esta montaña”
Jímer no dijo nada, demasiado asombrado estaba con la increíble belleza de Alicia.
Alicia siguió:

“Jímer, ha pasado mucho tiempo desde que veniste aquí. No eres mártir, siempre has querido superarte e incluso seguir acompañándonos, a pesar de lo mal que te hemos tratado. Hemos visto como incluso has cambiado para ser más agua y así estar más cerca aún de nosotras.”

Jímer, al oír tal voz pronunciar tales palabras, olvidó su plan de autosuficiencia y se volvió a enamorar locamente de las aguas y dejar todo lo demás a un lado.

“Te quiero demasiado”

“Yo te quiero todavía más, Jímer”

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